Rebelión (1/7)

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Steven se encontraba en su habitación, con una fotografía en sus manos. En la foto se veían cuatro niños, sonriéndole a la cámara de oreja a oreja. El día en que tomaron esa foto, esos cuatro niños habían tenido un día entero para jugar juntos. Se prometieron que siempre serían los mejores amigos, sin importar lo que pasara...

Steven no pudo evitar media sonrisa de desilusión al recordar esos sentimientos, esas palabras que se había repetido tantas veces en aquella época.

En la foto se encontraba él, de diez años, junto a su hermano menor, que ya en ese entonces usaba vestido, junto a una joven Winona y un infantil Wallace. Le dedicó una mirada un poco más larga a este último.

—El primero en caer...— pero entonces se dio cuenta de lo extraño que sonaba aquello— no. El último en caer. De los cuatro, tú te mantuviste firme a mi lado. Siempre fuiste el más fuerte, maldito bastardo.

De pronto, alguien tocó la puerta, rompiendo abruptamente el silencio de la habitación.

—¿Maestro?— lo llamó la voz de su Metagross— Maestro, ya es hora.

Steven suspiró. Como una flácida hoja de papel al viento, se levantó con fluidez, depositó la foto en un escritorio y se dirigió a la puerta para abrirle a su pokemon. La cara del Metagross, como siempre, férrea e inalterable, no dejaba escapar mucho de sus sentimientos. Para Steven siempre había sido un desafío descifrar los minúsculos gestos que realizaba su pokemon ¿Estaría perturbado? ¿Estaría tranquilo? ¿Estaría ansioso? ¿Qué era lo que sentía?

Sin embargo, a través de los años, y de forma inconsciente, la mente de Steven había ido creando pequeñas asociaciones. Por supuesto, en ese momento en la cara de su fiel compañero veía calma, absoluta calma, pero con un deje de algo ¿Qué era? ¿Qué ocultaban esos ojos de rojo ardiente?... "emoción". Steven no pudo evitar sonreír, en cierto sentido lo había previsto.

El Metagross se hizo a un lado para darle a entender que esperaba que saliera, mas Steven se detuvo frente a él, muy cerca, y lo sujetó por los gruesos hombros con delicadeza.

—Metagross— le espetó— Espera un momento... quédate ahí, solo un rato.

Y ante la sorpresa del macizo pokemon, Steven lo abrazó con ternura, como una niña abraza a un animal de peluche de su misma altura por la timidez que siente al hablar con adultos. Steven hundió su mejilla en el pecho frío y metálico de su pokemon, cerró sus manos sobre la áspera espalda, y dejó que su cuerpo se apoyara ligeramente en la fuerza de los músculos de acero.

—¿Ma... ¿Maestro?— lo llamó un confundido Metagross.

—Solo quédate ahí un rato— le pidió el campeón— ¿Metagross?

—¿S... sí?

—¿Te gustaría que los pokemon fueran libres?

Esa pregunta tomó al sirviente por sorpresa.

—¿Qué dice, maestro?

—Vamos, dime— le rogó Steven, aún abrazándolo.

—Yo... yo...

—No es una prueba— le indicó— solo quiero saber qué piensas. Después de todo lo que hemos pasado, yo no sería capaz de hacerte nada, mi viejo amigo.

Metagross suspiró, tratando de relajarse. Steven tenía razón, no tenía por qué ponerse nervioso.

—Déjame que te reformule la pregunta— se apresuró a añadir el entrenador— Si fueras libre ¿Qué harías?

Metagross sonrió, eso ya era más fácil.

—Nada, maestro— contestó con sinceridad.

Steven se separó un poco de él para mirarlo a la cara. Metagross se veía confiado.

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