· A L E X ·

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Evan colocó un plato con tallarines fritos delante de mí y me espetó:

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Evan colocó un plato con tallarines fritos delante de mí y me espetó:

—Come.

Estaba sentado en el sofá. Dejé a un lado el ordenador, donde había estado haciendo unas cuentas sobre el tiempo que me llevaría terminar la carrera y devolverle a mis abuelos el dinero invertido en mi educación, e hice lo que me pedía.

Fui a tomar el mando de la tele para amenizar la velada, pero Evan me lo quitó y pulsó el botón de apagado. Fruncí el ceño, pero él lo frunció más y añadió:

—¿Vas a hablar con Carla?

Cuando me fui de casa la pedí que nos diésemos un tiempo. No quería alejarme de ella, me dolía hacerlo, pero... No tenía ni idea de cómo afectaría lo nuestro a la familia, y lo último que quería es que la salpicara. Quizás todavía no había terminado de darse cuenta del todo, pero Carla necesitaba a su padre y a mi madre en su vida. Era feliz con ellos.

Si tenía que alejarme de ella, lo haría.

Guardé silencio, así que insistió:

—¿Y con tu madre?

Más silencio de mi parte. Evan bufó y me quitó el plato que acababa de traer de las manos.

—Mira, tío, sabes que me encanta tenerte aquí, pero... No así. Estás cometiendo un gran error. Vas a echar a perder toda tu vida por complacer a tus abuelos, y no es justo.

—Sé que si voy con ellos volverán a hablar con tu madre.

—O quizás no. ¡Eso tú no sabes! Además, dudo mucho que tu madre quiera ver cómo echas a la mierda tu futuro como gran veterinario, todo para encerrarte en... un despacho a ganar millones.

Sonaba incluso cómico en comparación, pero ambos sabíamos que el dinero no me interesara tanto. Yo lo que quería... era algo como lo que mis padres tuvieron. Una familia. Felicidad. Cariño. Seguridad.

—Se lo debo —susurré.

—Tú no le debes nada a nadie. Tampoco a tu madre.

Evan sabía toda la historia, y eso hacía que su comentario doliera un poco más. Porque, a pesar de ello, no lo comprendía. Él no había estado allí cuando sucedió.

Cuando mi padre murió.

Mi madre pasó por una depresión, y yo no le puse las cosas fáciles. Tras saber la noticia, me escapé de casa. Necesitaba correr y huir de allí, como si al hacerlo pudiese dejar de alguna forma la tristeza detrás de mí, solo que también acabó atrapándome.

Mi madre se llevó un buen susto: el mismo día que moría su marido, su hijo de catorce años desaparecía la noche entera.

Después de eso falté varias veces al instituto. Me junté con un grupo no demasiado bueno. Nos saltábamos las clases para fumar, para lograr anestesiar esa sensación de dolor que apresaba mi pecho, y no quería asistir a reuniones con la psicóloga del colegio. Una vez en el internado se acabó eso de fumar, y ya no había forma de saltarme las sesiones. No podía negar que, por mucho que odiase aquel lugar, el primer año allí me había ayudado mucho. Y también a mi madre.

Por mi culpa, la muerte de su esposo fue mucho más traumática, pero nunca me lo echó en cara. Aún así, yo sabía que le debía demasiado. Me prometí que nunca volvería a sufrir por mi culpa.

Y aquí estaba de nuevo. Jodiendo la familia que tanto le había costado volver a crear.

—No lo entiendes.

Evan sacudió la cabeza.

—No, claro que no lo entiendo. Estás aquí, regodeándote en tu miseria, sabiendo que echas a perder tu vida para hacer a otros felices, ¡cuándo está en tus manos cambiarla!

—Mira quién fue hablar.

Las palabras salieron solas de mis labios, pero una vez lo hicieron, no pude volverlas a meter. Evan me miró con estupor y solo pudo contestar:

—No es lo mismo.

—Ah, ¿no?

—Si me mostrara interesado en chicos, mis padres dejarían de hablarme. A ti tu madre te ha llamado cada noche desde que te fuiste de casa y no le has contestado ni una sola vez.

Cerré la boca, mantuve la mirada y al final fue Evan quien desistió. Se levantó del sofá, me volvió a pasar el plato de tallarines y, mientras se iba, farfulló:

—Te lo voy a dejar pasar porque estás mal, tío, pero... En serio, recapacita. Todavía estás a tiempo.

Tomé la cena en silencio. Eran sobras recalentadas del día anterior. Lavé el plato y fui a la habitación, pero era incapaz de conciliar el sueño. Carla había estado allí antes. Tumbada en ese colchón. Besándonos. Abrazándonos. Sentía que sin ella, no podía dormir.

De alguna forma conseguí lograrlo, aunque fue bastante entrada la noche. Tomé el teléfono para ver la hora y abrí los ojos con espanto. Había más de diez llamadas perdidas de mi madre. Eso no era normal, ni siquiera con la situación actual.

Tuve la acorazonada de que algo malo había sucedido...

Un Perfecto DesastreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora