¿Hay algo peor que tener que preparar la boda de tu padre con su nueva mujer?
Sí.
Tener que hacerlo junto con el idiota de su hijo.
Esta historia contiene escenas maduras.
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"Solté un pequeño jadeo y pude notar el atisbo de una sonrisa en sus l...
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Los días volvieron a pasar más despacio y tensos en aquella casa. Y aunque acabé la ilustración de Alex, no se la entregué.
No lo hice porque después de aquella discusión no habíamos vuelto a dirigirnos la palabra. El día que se fueron observé desde las escaleras que subían a las habitaciones cómo Anna les daba un abrazo y se despedía mientras el taxi en el que irían al aeropuerto esperaba fuera. yo me negué a hacerlo.
Durante unos segundos los ojos de Alex se alzaron y buscaron alrededor de la habitación, hasta encontrarme allí, en las escaleras. Mantuve el contacto visual, pero al final él se dio la vuelta y se alejó con mi padre.
Yo regresé a mi habitación y me encerré allí con la idea de no salir durante todo el fin de semana. Sin embargo Anna tenía otros planes. Lo de aprovechar y pasar también un fin de semana entretenido nosotras solas no había sido una mera propuesta que quedase en el olvido.
Una hora después de que se marcharan, a las diez y media de la mañana, abrió de par en par la puerta de mi habitación y dijo:
—Tienes quince minutos para vestirte, Carla, porque he reservado en la peluquería y tenemos prueba de maquillaje para la boda. ¡Así que a mover el culo!
Ahora entendía de dónde sacaba Alex su carácter de manducón...
De primera no quería ir y me planteé quedarme en la cama toda la mañana, pero... En realidad no tenía nada más que hacer, y lo cierto es que necesitaba un retoque en las puntas abiertas.
Además, salir con Anna un rato tampoco me mataría, ¿no?
Fuimos en su coche hasta el centro comercial. Primero paramos en la peluquería. Nos atendieron prácticamente a la vez y Anna me pidió opinión para un corte de pelo. También quiso ver cómo me estaba quedando a mí me pidió posar para mandarle una foto a mi padre de las dos juntas.
Después fuimos a por unos cafés y cuando escuchó mi orden de frapuccino con dosis doble de café y nata por encima, se animó a pedir otro igual.
—El estrés de la boda y el juicio me está dejando agotada. Necesito toda la cafeína posible.
Por su tono parecía que estaba bromeando, pero las profundas bolsas bajo sus ojos no decían lo mismo.
Nos sentamos en una de las pocas mesas libres y chocó su bebida contra la mía antes de tomar el primer sorbo. Sonrió con aceptación por la elección de café.
—¿Sabes? Siempre quise tener una hija —dijo de la nada.
Sentí un pequeño tirón en el estómago.
Pero yo no soy tu hija, pensé.
—No le digas a Alex que te lo conté, pero en realidad él iba a ser Alexandra. Se suponía que iba a ser una niñas hasta que... ¡oh, sorpresa! Si no se pareciera tanto a su padre, podría pensar que lo cambiaron al nacer.