Amelia
Cuando Sebas salió de la habitación con el pelo húmedo, me asaltó una pequeña duda.
Sabía cuándo era su cumpleaños, el que le habían puesto en el orfanato, pero ¿era una fecha real o inventada? Se lo preguntaría más tarde.
—¿Mejor? —pregunté.
—Limpio y nuevo —se sentó a mi lado en el sofá de la sala.
—¿Conocías a esa niña de antes? —pregunté.
—No. La conocí hoy mismo —contestó—. Algo extraña, ¿no?
—Yo diría algo peculiar —encendí la televisión—. ¿Una peli?
—Claro.
—¿Alguna en especial?
—Mmm... —lo pensó— he oído de una película de superhéroes llamada Avengers.
—¿Marvel?
—Sí, eso mismo.
—Pues está bien. Ya es hora de que conozcas a mi héroe favorito.
—¿Y cuál es?
—Ya lo sabrás cuando lo veas.
Estábamos acurrucados viendo otra película, porque a Sebastián no le gustó el mundo Marvel. Qué pena. Él se lo pierde.
Así que puse otra película y resultó que era fan del cine de terror. En fin.
—Creo que ahí es cuando la chica se da cuenta de que el payaso es inmortal y no puede morir —comentó.
—Genial por ella —me cubría los ojos cada vez que aparecía algo horrible, pero cuando los abría y veía esas caras rotas, saltaba del susto. Y claro, él se lo pasaba en grande.
—Vamos, no es para tanto, mamá. Deja de cubrirte la cara, ¡te pierdes lo mejor!
—No —me cubrí más la cara y la chica de la tele gritó—. Dime que no la mató.
—Mira y lo sabrás.
—Lo buscaré por internet.
—¡Eso es trampa! —reí. Él, en cambio, dejó de insistir.
Media hora más tarde nos dio hambre y me levanté a preparar la cena. Él se quedó viendo a Rayo McQueen.
Hice unas tostadas con un vaso de yogur —nada del otro mundo— y dejé todo en la mesa frente al sofá. Comimos viendo a McQueen reparar la ciudad que había destrozado al llegar.
Ya eran las ocho de la noche cuando la duda de la tarde volvió a mi mente.
—¿Cuándo es tu cumpleaños, cariño?
—El mes que viene. Para ser exactos, el doce de diciembre. ¿Por?
—Por nada —tomé de mi vaso de yogur—. Trece, ¿cierto?
—Ajá.
—¿Te gustaría invitar a tus amigos a tu cumpleaños? —pregunté mirándolo. Dejé mi tostada a medio comer para prestarle atención.
—Puede que sí. No sé.
—¿No quieres?
—No es que no quiera. Puede que la directora no dé permiso para que vengan hasta acá, y no quiero ilusionarlos.
—Puedo hablar con ella. No te preocupes —le sonreí. Él asintió, pero no parecía muy emocionado.
No quise insistir más, así que terminé mi cena y llevé los platos al fregadero para lavarlos por la mañana.
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La Adopción Correcta
AksiEn un mundo donde los secretos se entrelazan, una madre hace un sacrificio desgarrador al abandonar a su hijo en un orfanato. Cuando el niño crece su posibilidad de ser adoptado es muy baja pero misteriosamente aparece Amelia en su vida. Pero lo qu...
