CAPÍTULO 33

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El sol apenas lograba colarse entre las cortinas cuando sentí unos dedos suaves recorriendo mi cabello. Me moví despacio entre las sábanas, aferrándome a ese calor familiar que siempre me hacía sentir a salvo, hasta que su voz me alcanzó.

—Cariño… despierta. Hoy tienes un viaje —susurró mi madre cerca de mi oído, con el mismo tono dulce con el que me despertaba cuando era niña.

Abrí los ojos con lentitud. Durante unos segundos no supe dónde estaba… ni quién era. Luego, la realidad volvió a acomodarse dentro de mí.

—¿Ya es de día? —mi voz salió baja, espesa de sueño, mientras me frotaba los ojos.

—Sí, cielo. Vamos. No querrás llegar tarde.

Me incorporé con demasiada prisa, tanto que estuve a punto de perder el equilibrio. El cuerpo reaccionó antes que la mente. Crucé el pasillo casi corriendo y me encerré en el baño. El agua fría me cayó encima como un golpe necesario, despejándome por completo, obligándome a estar presente.

Al salir, me sequé el cabello sin pensar demasiado. No había espacio para dudas. Elegí unos jeans blancos, una camiseta negra de mangas largas y las botas que ya me esperaban junto a la cama. Me recogí el cabello en una coleta alta, firme, dejando que cayera hasta la cadera como siempre.

Me detuve frente al espejo solo un segundo.

Respiré hondo.

Está bien, Elowin… es hoy.

Tomé mi maleta y bajé las escaleras casi corriendo. En uno de los escalones estuve a punto de tropezar, pero logré sostenerme del pasamanos. No podía darme el lujo de caer hoy.

Al abrir la puerta, ahí estaba mi madre, esperándome dentro del auto, con esa sonrisa tranquila que siempre lograba bajarme el pulso.

—Vamos… tus amigos no deben tardar en llegar.

Asentí y me subí al asiento del copiloto. Cerré la puerta con cuidado, como si ese gesto marcara algo más que el inicio del viaje.

Durante el trayecto casi no hablamos. Y no hizo falta. Su sola presencia me envolvía en una calma extraña, mezclada con nervios y emoción. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, demasiados finales y comienzos ocurriendo al mismo tiempo.

Cuando llegamos al aeropuerto, el ruido, la gente y el movimiento me devolvieron a la realidad. Maletas rodando, voces cruzadas, anuncios por los altavoces. Todo seguía avanzando, incluso si yo aún no estaba lista.

Vi a mis amigos esperándome justo en la entrada.

Antes de bajar, me incliné hacia mi madre y la abracé con fuerza. No fue un abrazo rápido. Me aferré a ella unos segundos más de lo necesario, como si así pudiera guardar su olor, su calor, su presencia, para los días que vendrían. Cuando me separé, me costó soltarla.

Cerré la puerta del carro con cuidado y caminé hacia ellos, sintiendo que algo quedaba atrás… y que algo más grande estaba por empezar.

—¡Ya era hora! —Elina levantó la mano, todavía aferrada a la de Milán.

Corrí hacia ellos con la maleta rodando detrás de mí, arrastrando el sonido seco de las ruedas sobre el suelo pulido. Sin detenernos demasiado, avanzamos juntos hacia el control de pasaportes. Todo ocurría rápido, pero no caótico, como si el mundo ya supiera hacia dónde nos dirigíamos.

Minutos después, estábamos acomodados en nuestros asientos. El aire dentro del avión tenía algo distinto: una mezcla de metal, distancia… y expectativa. Elina se sentó junto a Milán, inclinándose hacia él con naturalidad, como si el viaje ya fuera suyo. Yo quedé al lado de Stella.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora