Apenas comenzaba a clarear cuando un golpe firme resonó en la puerta. Una voz autoritaria ordenó levantarse de inmediato. Ni siquiera tuve tiempo de procesar cuándo me había quedado dormida; el cansancio todavía me pesaba en los párpados. Allí no existía margen para la pereza: teníamos que vestirnos rápido, en silencio, con el uniforme impecable, y estar listas en menos de quince minutos. Cada segundo contaba, y el aire del pasillo parecía impregnado de una disciplina casi militar. ¿Cómo voy a acostumbrarme a esto? pensé, sintiendo un ligero nudo en el estómago.
Al salir, nos esperaba una mujer de cabello completamente rubio. Vestía un traje gris claro, zapatos bajos, y sostenía con firmeza una libreta de cuero. Su postura era impecable, como si cada músculo de su cuerpo estuviera calibrado para la autoridad.
—Buenos días, señoritas —su voz firme no admitía objeciones—. Mi nombre es Clementine. Yo estaré a cargo de ustedes.
Nos quedamos en silencio, asintiendo casi instintivamente, sintiendo el peso de su mirada sobre nosotras. Todo aquí es tan… distinto. No puedo permitirme un solo error, pensé, mientras un escalofrío de responsabilidad recorría mi espalda.
—Perfecto. Ahora, síganme.
Cada paso que daba detrás de ella resonaba en mi mente. La seguridad que había mostrado durante el examen final parecía flaquear frente a este nuevo desafío. Era un recordatorio de que, aunque confiara en mí misma, estaba rodeada de los mejores estudiantes de Europa.
¿Realmente pertenezco aquí?
Afuera nos esperaban autos oficiales, y cada grupo fue separado para sus respectivas asignaciones. En nuestro primer destino, un edificio gubernamental, la sala estaba llena de carpetas y gente con rostros cansados que trabajaban sin descanso. Nos asignaron la tarea de revisar documentos de personas que buscaban regularizar su situación. Mis manos se movían con cuidado mientras organizaba los expedientes por fecha; el tacto del papel y el aroma a tinta me hacían sentir dentro de un mundo completamente diferente al aula. Mi compañero tomaba notas al lado, y el abogado nos explicó brevemente lo esencial antes de dejarnos trabajar bajo su supervisión. Sentí una mezcla de ansiedad y fascinación: todo era real, tangible, y cada archivo tenía detrás una historia que me hacía reflexionar sobre la justicia.
Por la tarde, nos llevaron a una abogada que representaba a una mujer en un juicio por custodia. No podíamos intervenir, solo observar. Me impactó ver a la mujer temblar mientras respondía preguntas, sus ojos llenos de miedo y esperanza. Cada palabra resonaba con peso, y el corazón me dio un vuelco al imaginar su vida dependiendo de esa audiencia. Al salir, la abogada nos miró con seriedad y dijo:
—Esto también es justicia. Aunque duela.
Sus palabras se quedaron conmigo mientras regresábamos al Instituto en los mismos autos que nos habían traído. Cada caso había dejado un eco distinto en mi mente.
Luego nos llevaron de nuevo al Instituto. Durante el trayecto en auto, el silencio reinaba entre nosotras, pero no era incómodo: cada una estaba sumida en sus propios pensamientos. Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y rosados con el atardecer, y el paisaje belga pasaba lentamente por la ventana. Casas antiguas con techos de tejas rojas, calles empedradas y árboles que se inclinaban con el viento, todo parecía sacado de un libro de historia.
A cada curva, sentía el balanceo del carro y el suave rugido del motor; mis manos jugueteaban nerviosas con los bordes de la carpeta del caso mientras mi mente repasaba mentalmente lo aprendido durante el día.
“Todo es tan diferente… tan exigente… ¿seré capaz de seguirles el ritmo?”, me pregunté, mientras intentaba calmar el nudo en mi estómago.
Al fin llegamos al Instituto, y al entrar, noté que los otros estudiantes aún no habían regresado; éramos las primeras en llegar. Caminamos por el pasillo con pasos silenciosos, sintiendo el eco de nuestros propios movimientos. Apenas llegamos a nuestra habitación, nos dejamos caer sobre las camas, aunque por un instante nos miramos en silencio, compartiendo esa sensación de alivio después de un día agotador.
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Desilusión
Teen FictionUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
