Aún con los ojos cerrados, una luz blanca golpeaba mis párpados, insistente, como si quisiera arrancarme del lugar donde había caído. Hice una mueca; la conciencia regresaba a pedazos, lenta, torpe. Un pitido suave se repetía a lo lejos, marcando un ritmo que no reconocía. Todo en mi cuerpo se sentía extraño: los brazos pesados, las piernas ajenas, la cabeza envuelta en un algodón espeso.
Parpadeé. La claridad me obligó a entrecerrar los ojos. Sobre mí, el techo avanzaba despacio, como si flotara. Entonces lo entendí: me estaban moviendo. La camilla vibraba levemente bajo mi espalda, y las ruedas emitían un zumbido suave que se mezclaba con el eco hueco del pasillo.
Alguien habló, pero la voz llegó distorsionada, como si proviniera desde otra habitación o desde un sueño que aún no había terminado. Intenté responder, pero lo único que salió fue un murmullo sin fuerza. No quise insistir; estaba demasiado cansada para pelear contra el mareo que se aferraba a mí como una sombra húmeda.
Nos detuvimos unos segundos después. El aire cambió: más cálido, más quieto. Me deslizaron con cuidado desde la camilla hasta una cama, y cerré los ojos un instante, respirando lento. No había dolor… pero sí una sensación de vacío, como si mi cuerpo hubiera cedido por completo y algo dentro de mí estuviera esperando recordar qué fue lo que lo rompió.
Pasaron unos instantes silenciosos, densos. Luego escuché pasos suaves entrar en la habitación. Una mujer —una enfermera, supuse— se acercó a revisar una máquina. Sentí sus dedos tomarme la muñeca; sus movimientos eran delicados, casi maternales, como si temiera que pudiera desmoronarme con un toque más fuerte.
—Estás estable —la serenidad de sus palabras me sostuvo cuando todo parecía tambalearse—. Solo fue un desmayo. Pronto estarás bien.
Me humedecí los labios; la garganta me ardía.
—¿Puedo irme? —la pregunta se me escapó con la voz áspera.
—Sí, pero necesitas descansar unos treinta minutos —terminó de ajustar la máquina antes de mirarme—. Además… hay personas que quieren verte. Están muy preocupados. Avisaré para que entren.
Asentí con un leve movimiento. Ni siquiera tenía fuerzas para más.
La enfermera salió, y apenas unos segundos después, la puerta se abrió.
Mi madre entró primero a pasos rápidos, casi corriendo, seguida de Stella, Elina, Milán… y Chris detrás, con el rostro pálido.
Mamá llegó hasta mí sin respirar, y me envolvió entre sus brazos como si temiera que me desvaneciera otra vez.
—Hija… —apenas logró sostener la voz—. Chris me informó que estabas hablando por teléfono y te desmayaste. ¿Qué pasó?
Tragué saliva. El dolor regresó como un golpe seco.
—Mamá… Asher tuvo un accidente —susurré, sintiendo cómo el aire me abandonaba—. Stella me llamó… y… no pude soportarlo.
Mamá cerró los ojos, como si ella también necesitara procesarlo. Me acarició el cabello con suavidad temblorosa.
—Lo sé, mi amor… lo sé. Pero Asher es fuerte, ¿sí? Él va a salir de esta.
Volví la mirada hacia Stella. Sus ojos estaban rojos, la nariz hinchada.
—¿Cómo está Asher? —mi voz se rompió, hecha pedazos—. Por favor… dime que está bien.
Stella negó despacio, tragando duro.
—Aún no sabemos nada, Eloy… —alcanzó a decir con un hilo de voz—. Está en urgencia. Los médicos todavía no salen.
Un vacío enorme se abrió bajo mis pies.
—No… no puedo estar aquí sin saber cómo está —murmuré, impulsada por algo más fuerte que el miedo.
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Desilusión
Ficção AdolescenteUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
