A la mañana siguiente desperté con una sonrisa que no tuve que forzar. El pecho me latía ligero, como si por fin hubiera espacio para respirar. La posibilidad de que Asher recordara aunque fuera un destello… me llenaba de una energía imposible de disimular.
Me di una ducha rápida y, al abrir el armario, mis dedos fueron directo a los shorts de mezclilla con margaritas bordadas. Él siempre decía que esas flores se parecían a mí. Sonreí sola. Elegí también una blusa blanca y suelta, y dejé mi cabello caer libre sobre mi espalda; él solía enredar sus dedos en estas puntas como si fueran su sitio favorito del mundo.
Al bajar a la cocina, mamá ya tenía una taza de café esperándome. Su mirada, cálida y silenciosa, lo decía todo. Di un sorbo y abrí la nevera, reuniendo las pequeñas cosas que Asher amaba: uvas frías, su jugo preferido, las galletas de mantequilla que mamá horneó ayer. Añadí una barra de chocolate —esa que siempre guardaba “para emergencias” y que él devoraba riéndose de sí mismo—. Guardé todo con cuidado, como si preparar esa bolsita fuera una especie de oración.
Le di a mamá un abrazo corto, casi apurado, y salí.
Los chicos ya estaban en el auto. La puerta aún ni terminaba de abrirse cuando una oleada de ternura me golpeó: habían pensado en todo. En el asiento trasero había jugos, bocadillos, películas, y hasta una consola pequeña que Milán sostenía como un amuleto.
—Por si se anima —murmuró él, encogiéndose de hombros, pero con esa esperanza tímida brillándole en los ojos.
Subí al coche. Nadie dijo nada durante unos segundos, pero el aire estaba cargado de una misma emoción: ilusión y miedo abrazados, como dos manos temblorosas que no querían soltarse.
Al llegar, nos repartimos las cosas: las películas, los jugos, los bocadillos y la bolsita especial que había preparado para él. Caminamos por los pasillos silenciosos del hospital, y aunque todos avanzaban con paso firme, sentía que el mío temblaba. El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos.
Justo antes de alcanzar la puerta de la habitación, un médico salió y la cerró con suavidad. Era el doctor de Asher. Al vernos, su expresión se relajó en una sonrisa cansada.
—Precisamente venía a buscarlos —añadió, como si la coincidencia lo divirtiera.
Nos detuvimos, atentos.
—Asher está estable —aseguró—. El tratamiento da resultados y solo restan unas sesiones de terapia. Sin embargo… hubo algo.
La tensión cayó sobre nosotros como un peso. Milán dejó de jugar con la cajita de videojuegos. Stella dejó de respirar.
El médico miró a cada uno, y luego soltó:
—Me preguntó por una señorita. —Dijo que estaba con él cuando despertó… que tiene el cabello castaño largo. Y que… quiere verla.
Sentí cómo el aire me abandonaba. Mis dedos se aflojaron alrededor de la bolsita que llevaba.
Di un paso al frente sin pensarlo.
—Soy yo… Elowin.
El doctor asintió, como si ya lo supiera.
—Es normal —aclaró, bajando apenas el tono—. Aunque la memoria no regrese, el cuerpo guarda huellas: sensaciones, ecos. Usted estuvo allí cuando despertó. Su mente la reconoce… aunque él no logre nombrarla.
Mis ojos se llenaron sin permiso.
—Entonces… ¿es bueno? —pregunté, tratando de mantener la voz firme.
—Es una señal alentadora —afirmó, esbozando una sonrisa que transmitía calma—. Por eso considero oportuno que entren. Asher está despierto.
El pasillo se quedó en silencio. Yo también.
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Desilusión
Teen FictionUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
