CAPÍTULO 32

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El profesor caminó hasta el centro del aula y dejó los folletos sobre su escritorio antes de continuar hablando.

—Muy bien. El tema de hoy es derecho penal, ética y deontología jurídica. Estas serán nuestras bases durante las próximas semanas, y el examen final se centrará en ellas. Para cerrar, haremos una práctica aquí mismo: simularemos un caso real. Cada uno asumirá un rol —juez, fiscal, defensa, testigos— y trabajarán en grupos. Yo los observaré y les daré retroalimentación.

Se escuchó el murmullo de hojas abriéndose, plumas golpeando cuadernos.

—Así que… empecemos. Abran sus libros.

Y entonces sus ojos se posaron en mí.

—Señorita Elowin Harvey, por favor, póngase al día.

Sentí cómo se me tensaba la columna. Tragué saliva antes de responder.

—Sí, profesor.

Había contestado rápido… demasiado rápido. Por un segundo pensé que mi voz se rompería.

Comenzamos a estudiar mientras el profesor escribía sin descanso en el pizarrón. Los nombres de leyes, principios y artículos se iban acumulando como si quisieran ocupar el lugar de todo lo demás en mi cabeza. Y, curiosamente, lo lograban. Durante un rato olvidé mis preocupaciones, mis pendientes y mi vida entera fuera de esas paredes. Había algo reconfortante en el simple acto de concentrarme: entender, subrayar, ordenar. Estudiar me hacía sentir que tenía, aunque fuera por un instante, el control de algo.

La hora del almuerzo llegó casi sin darnos cuenta. Bajamos, pero aquello no tuvo nada de almuerzo; fue una carrera contra el tiempo. Extendimos cuadernos, resúmenes y libros sobre la mesa como si estuviéramos planeando un rescate urgente. Las chicas me guiaban entre temas que había perdido y vocabulario que no recordaba, mientras yo intentaba absorberlo todo de golpe.

Ni una sola de nosotras probó bocado. No hacía falta. El hambre que teníamos era otra.

Cuando sonó el timbre para volver al salón, apenas levanté la vista: casi había logrado ponerme al día. Me faltaban unas pocas materias, y ese pequeño logro me llenó de un orgullo tibio, como un respiro en mitad del cansancio.

Seguimos con teoría durante horas. Mi cabeza latía con cada palabra que el profesor escribía o explicaba, como si el cansancio se deslizará detrás de mis ojos queriendo cerrármelos. Pero insistí. Ya estábamos cerca del final, y cada minuto valía la pena.

Hasta que por fin llegó la hora de la salida. Las chicas y yo caminamos juntas hacia el patio, donde mi mamá ya me esperaba. Me despedí de ellas con un gesto cansado, aunque satisfecho, como si el día hubiera valido la pena pese al agotamiento. Subí al carro y, a partir de ahí, los recuerdos se vuelven difusos: llegar a casa, cenar casi en silencio, darme una ducha rápida y dejarme caer en la cama. El día me había drenado por completo, hasta la última gota de fuerza, y el sueño me reclamó sin darme oportunidad de resistir.

«»«»«»

Así siguieron mis días durante las últimas semanas: estudiar, repasar, practicar… hasta que, sin percibirlo, llegó el último día. El examen final. La gran práctica. Y después de eso: Bélgica. Solo pensarlo me hacía sentir un cosquilleo extraño, mezcla de nervios y emoción. Algo nuevo estaba por comenzar, y lo sentía muy cerca.

La noche anterior dejé todo listo. Coloqué sobre la cama una falda negra hasta la rodilla, una camisa blanca impecable, un saco negro y unos stilettos del mismo tono. Me recogí el cabello en un moño alto, limpio y elegante. Cuando me miré al espejo, tuve que parpadear. No era la misma Elowin cansada y agobiada de semanas atrás. Había algo distinto en mis ojos… una seguridad nueva, una coquetería que no había notado en mí antes.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora