CAPITULO 37

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Nos quedamos un momento en silencio, rodeadas por estantes viejos y polvo acumulado, como si la biblioteca misma estuviera escuchando. Nadie parecía tener prisa por hablar. Stella fue la primera en moverse; dejó caer una pila de libros sobre la alfombra del rincón escondido y exhaló despacio..

—Vale… ¿por dónde empezamos? —una media sonrisa asomó en Stella.

Solté una risa breve y me llevé una mano al pecho, exagerando el gesto, aunque por dentro no tenía nada de broma.

—Por el crimen, claro —Elina se acomodó en el suelo con una libreta en la mano, como si aquello fuera lo más natural del mundo—. ¿Cuál fue el crimen, señorita Eloy?

Solté una risa breve y me llevé una mano al pecho, exagerando el gesto, aunque por dentro no tenía nada de broma.

—El crimen fue callar. —No declarar lo que sentía. Por miedo. Por orgullo… por estupidez.

El silencio duró apenas un latido.

—Perfecto —Stella ya había abierto su cuaderno de tapa violeta y escribía con rapidez—. Tenemos el crimen.
Levantó la vista, los ojos brillándole con una chispa peligrosa. —Ahora necesitamos un fiscal. Alguien que te acuse de todo eso.
Que no tenga piedad.

Elina alzó la vista de la libreta con una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Yo me pido ese papel —ladeó la cabeza con una sonrisa cómplice—. Siempre quise interrogarte como en las películas.

Solté una risa incrédula.

—Eso no es justo. Vas a ser cruel conmigo.

—Exacto.

Giró apenas la muñeca y señaló a Stella con el bolígrafo.

—Y tú serás su abogada defensora.
Stella no dudó ni un segundo.

—Obvio. Voy a demostrar que no eras una cobarde. Solo una chica enamorada, atrapada en un contexto emocional complejo.

—Te amo —incliné la cabeza en un gesto casi imperceptible.

Stella sonrió.

—Lo sé.

Pasamos horas en la biblioteca, entre cuadernos abiertos, hojas sueltas y frases subrayadas con resaltadores que ya casi no pintaban. Las risas aparecían a ratos: cuando Elina hacía una acusación dramática levantando un lápiz como si fuera un dedo juzgador, o cuando Stella improvisaba su defensa con una solemnidad tan exagerada que teníamos que taparnos la boca para no estallar en carcajadas.

Pero no todo era juego.

A medida que avanzábamos, algo empezó a moverse por dentro. Las líneas entre el ensayo y la verdad se fueron borrando. Las palabras dejaron de sonar teatrales y empezaron a pesar. Lo que había comenzado como un “caso emocional” terminó convirtiéndose en una reconstrucción lenta, precisa.

Una forma de ponerle nombre a lo que nunca me atreví a decir en voz alta.

Elina organizaba todo como si de verdad fuéramos a presentarnos ante un jurado. Distribuía roles, proponía escenas, armaba la historia con fechas, silencios, detalles mínimos que cargaban más peso que cualquier declaración.

Stella, en cambio, encontraba siempre una manera de cubrirme. Incluso dentro del guion. Suavizaba los momentos más duros, los envolvía en humor o en ternura, como si su voz pudiera amortiguar cada caída.

Yo las observaba y tomaba nota.
A veces hablaba. A veces no.
Pero por dentro todo se movía.

Escribir ese ensayo era volver a mirar lo que me dolía. Solo que esta vez, no estaba sola.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora