Desperté sobresaltada, con la respiración entrecortada y el corazón golpeándome el pecho como si intentara escapar. Me incorporé de un tirón, aún atrapada en los restos cálidos del sueño. Podía sentirlo en mi piel: el eco de sus labios, el murmullo de su voz, la sensación de sus dedos entrelazados con los míos.
La habitación estaba completamente iluminada. La luz dorada de la mañana se filtraba por la ventana, bañando las sábanas en un brillo suave que no coincidía con el caos dentro de mí. Afuera, los pájaros cantaban con una calma que me hirió.
Ya era de mañana.
Asher.
El sueño intentó retenerme, como si todavía pudiera regresar a él, a ese lugar donde seguía cerca. Pero la realidad cayó sobre mí con la violencia de un balde de agua helada.
¡Asher se va hoy!
—¡No! —grité, y el sonido desgarrado de mi propia voz me hizo temblar.
Salté de la cama antes de comprender que estaba despierta. Mi cuerpo se movía por puro instinto, como si algo dentro de mí supiera que ya era demasiado tarde. Agarré el primer abrigo que encontré sobre la silla y me lo puse encima del pijama. No me peiné, no pensé, no busqué zapatos; solo tomé mi billetera y salí.
Abrí la puerta y eché a correr.
El viento de la mañana me cortó la piel como una advertencia, pero no disminuí el paso. Mis pies descalzos golpeaban la acera y cada impacto me recordaba lo mismo: apúrate, apúrate, apúrate. El aire frío quemaba mis pulmones.
La gente se giraba al verme pasar, pero sus miradas eran ruido lejano. La única idea que importaba palpitaba con violencia dentro de mi cabeza:
Que no se haya ido.
Que no se haya ido todavía.
Por favor…
Y seguí corriendo, como si el mundo se me estuviera desmoronando bajo los pies.
—¡Taxi! —grité en cuanto vi uno acercarse.
El auto frenó de golpe. Abrí la puerta casi sin aliento.
—¡Al aeropuerto! ¡Rápido, por favor! Voy a perderlo.
El conductor asintió y arrancó sin hacer preguntas.
Caí sobre el asiento, temblando. El pecho me subía y bajaba como si no lograra atrapar el aire. Las lágrimas corrían sin permiso, calientes, desesperadas. En mi cabeza solo había una imagen: su rostro. Y su voz repitiéndose como un eco: “Nunca me fui… te amo, Eloy.”
Miré el reloj. Luego el cielo. Imaginé un avión alejándose, elevándose sin mí.
No.
No puede irse sin saberlo.
No puede irse sin escucharme.
El taxi se detuvo frente al aeropuerto y ni siquiera esperé a que frenara del todo. Abrí la puerta de golpe y salí corriendo.
El piso helado me quemó los pies desnudos, pero no me detuve. Entré atropellando gente, ignorando miradas, empujones, murmuraciones. Todo era ruido. Todo era prisa. Solo había un pensamiento:
Llega. Llega antes de que sea demasiado tarde.
—¡Asher! —mi voz se quebró mientras buscaba desesperada entre la multitud, entre los rostros borrosos que se movían sin detenerse.
Me abrí paso hasta el área de salidas. Las pantallas resplandecían sobre mí, llenas de números que no lograba procesar. El aire olía a Cloro, a prisa, a despedidas. Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
Entonces, entre todo ese caos, lo vi.
Milán. Quieto, rígido, justo junto a la puerta de seguridad.
—¡Milán! —corrí hacia él, ahogada, las lágrimas ardiéndome en la cara.
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Desilusión
Novela JuvenilUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
