CAPITULO 36

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El día apenas empezaba a insinuarse cuando una voz firme nos arrancó del sueño.

—¡Chicas!

El golpe seco de las palabras atravesó la habitación antes que la luz. Parpadeé, desorientada, con los párpados pesados y la garganta seca. Un tono gris azulado se filtraba por la ventana, anunciando un amanecer sin promesas.

—Arriba. Madame Laurent las espera abajo. Hará un anuncio para todos ustedes. Deben estar presentes.

Tardé un par de segundos en entenderlo. Mi cuerpo seguía atrapado entre el cansancio y esa sensación constante de no haber descansado nunca del todo.

Stella se movió entre las mantas, emitiendo un quejido ahogado.

—¿Qué hora es…?

—Temprano —la orden cayó sin mirarnos—. No se demoren. La puerta se cerró con un clic preciso, casi quirúrgico.

Nos quedamos en silencio, mirándonos desde nuestras camas, envueltas en la penumbra azul del amanecer. Afuera, el día nacía como todo en ese lugar: sin pedir permiso.

—¿Qué querrá Madame Laurent a esta hora? —Elina se incorporó, con el cabello revuelto y los ojos aún a medio abrir.

Tragué saliva. No sabía por qué, pero el pulso me golpeaba demasiado rápido, como si mi cuerpo hubiera entendido algo antes que yo.

Nos levantamos casi al mismo tiempo, sin mirarnos.

—La última en llegar es una asesina —Stella saltó de la cama.

Elina estuvo a punto de llevarse una silla por delante. Stella se enredó con sus propias botas. Corrimos al baño compartido, empujándonos sin disculpas, metiéndonos bajo el agua apenas tibia como si eso pudiera despertarnos del todo.

Frente al espejo, las toallas colgaban torcidas, los cabellos se ataban a ciegas, los botones se cerraban mal.
Nadie hablaba.

El silencio era tan tenso que parecía anunciar algo que ninguna de nosotras se atrevía a nombrar.

Algo en el ambiente nos decía que no era una mañana cualquiera. Cuando bajamos al salón principal, casi sin aliento, lo entendimos.

Había al menos una docena de chicos más, todos de distintos grupos. Algunos se habían dejado caer en los sofás con posturas rígidas, otros permanecían de pie, apoyados contra las paredes como si no se atrevieran a ocupar demasiado espacio.

Muchos aún tenían el cabello húmedo; las bufandas colgaban mal puestas, los abrigos abiertos a medias. Nadie parecía completamente despierto, pero todos estábamos alerta.

El murmullo que llenaba la sala era bajo, fragmentado, como un susurro colectivo que nacía y moría sin llegar a convertirse en conversación. Cada tanto alguien carraspeaba, alguien cambiaba el peso de un pie al otro.

Madame Laurent todavía no había llegado, y aun así su ausencia pesaba. Bastaba con saber que vendría para mantenernos tensos, expectantes, incómodos.

Me quedé junto a Stella y Elina, los brazos cruzados con más fuerza de la necesaria, sintiendo cómo el silencio se me metía bajo la piel.

Hasta que, al fin, llegó.

Llevaba su abrigo gris perla, perfectamente entallado, y el cabello recogido con la precisión habitual, como si cada mechón obedeciera a un orden inmutable. Su sola presencia hizo que un silencio pesado se asentara en la sala, como si el aire mismo contuviera la respiración.

Se paró al frente, con las manos entrelazadas frente al cuerpo, y permaneció inmóvil un instante, midiendo la tensión que flotaba en la habitación.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora