Los días se habían convertido en un bucle silencioso y pesado. Cada mañana llegaba al hospital acompañada de Milán, Elina y Stella, con la esperanza de verlo abrir los ojos; cada noche me marchaba con el corazón encogido al no encontrarlo. Su cuerpo inmóvil entre cables y monitores me arrancaba algo por dentro, como si cada respiración mecánica de las máquinas se llevara un pedazo de mí.
No podía despegar la vista. Cada parpadeo suyo, cada leve movimiento en su frente, me mantenía atrapada allí, incapaz de descansar. Todo mi cuerpo pedía que me alejara, pero mi corazón se negaba a hacerlo.
¿Por qué no despierta?
La pregunta se repetía sin cesar, un eco doloroso que no encontraba respuesta.
—Deberías ir a casa, al menos a dormir un poco —Milán se apoyó en el marco de la puerta, y su voz tembló un instante con preocupación—. Te ves agotada.
Negué con la cabeza sin apartar la vista de la camilla, sintiendo cómo el pecho se me comprimía.
—No puedo… ¿y si despierta y no hay nadie? —mi voz sonó débil, casi un hilo.
—Tendrá a los doctores, a las enfermeras… y nos tiene a nosotros —Elina, acercándose, posó una mano ligera sobre mi hombro, su dulzura palpable—. Podemos turnarnos. No puedes cargar con todo sola.
—No estoy cargando con nada —repliqué, tal vez demasiado rápido, demasiado a la defensiva—. Solo quiero estar aquí. Por si acaso.
Stella dejó un termo con café sobre la mesita de noche y me lanzó una mirada cargada de ternura, esa que a veces dolía más que el silencio.
—Lo entendernos… pero si tú te derrumbas, ¿cómo vas a ayudarlo cuando despierte?
Me mordí el labio, sintiendo un calor extraño en los ojos. Todos sabían que no estaba bien, pero no podía irme. No cuando él seguía ahí, inmóvil, sin decir una palabra.
—Solo… denme un poco más de tiempo, ¿sí? Prometo descansar después —susurré, intentando que mi voz sonara firme, aunque sentía que temblaba.
—Bueno, si tú lo dices, iremos a comprar algunas cosas en la tienda, ya volvemos —dijo Milán con una sonrisa que ocultaba a duras penas la preocupación en sus ojos.
—Está bien, cuídense, chicos —musité, conteniendo el temblor que delataba mi inquietud.
Pasaron varios minutos y los chicos aún no regresaban. Me había quedado medio dormida en la silla, pero cada parpadeo me recordaba el silencio pesado de la habitación. La cabeza me dolía, y mis párpados pesaban como si los hubiera llenado de plomo, pero no podía alejar la vista de él. Cada pitido de los monitores me parecía un tambor en el pecho, marcando un tiempo lento, cruel.
Entonces, lo sentí. Un movimiento sutil, casi imperceptible. Mi corazón se detuvo un segundo.
¿Era real o solo mi mente jugando con el cansancio y la preocupación?
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, intentando no perder ni un detalle.
Sus párpados temblaron. Frunció el ceño como reaccionando a un sueño lejano. Y luego, lentamente, sus ojos se abrieron. Los míos se llenaron de lágrimas antes de que pudiera contenerlas.
¿Está despertando? me susurré a mí misma, el mundo reduciéndose a la figura de Asher entre cables y luces blancas.
—Asher… —susurré entrecortada, como si mis palabras temieran tocar el aire.
Él parpadeó varias veces, desorientado, y su mirada vagó por la habitación antes de detenerse en mí.
Un frío recorrió mi espina dorsal. Todo en él era extraño y lejano.
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Desilusión
Novela JuvenilUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
