Gina
El penthouse estaba en silencio cuando llegué. Dejé la caja de recuerdos en un rincón de la biblioteca, junto al cuadro de Bucarest, como si ambos pertenecieran al mismo museo de cosas que dolían y sanaban a partes iguales. No quería mirarla. No quería abrirla otra vez. Pero su presencia allí, en la habitación contigua, pesaba como una losa.
Me serví una copa de vino. Luego otra. Luego otra.
La botella de Malbec que James guardaba fue vaciándose sin que yo llevara la cuenta. Me acomodé en el sofá frente al ventanal, los pies descalzos sobre la mesa de centro, el móvil en modo avión para que nada ni nadie me interrumpiera. El atardecer teñía Manhattan de naranja y cobre, un espectáculo que cualquier turista pagaría por ver y que yo apenas registraba.
Puse música. Algo melancólico
No lloré. No del todo. Me quedé en ese limbo extraño donde el alcohol te afloja las costuras pero no termina de romperlas. Donde sientes todo pero no terminas de sentirlo. Donde la música te entiende mejor que cualquier persona.
La botella estaba casi vacía cuando oí el ascensor.
Me levanté de golpe. El mundo dio una vuelta lenta, perezosa, y tuve que apoyarme en el respaldo del sofá para no tambalearme. Mierda. ¿Cuánto había bebido? Miré la botella: tres cuartos. Demasiado. Definitivamente demasiado.
El ascensor se abrió. James apareció con una bolsa de papel kraft en una mano y las llaves en la otra. Llevaba la corbata aflojada, el primer botón de la camisa desabrochado, el pelo ligeramente revuelto por el viento de la calle. Estaba ridículamente guapo, como siempre, pero lo que me golpeó fue lo que traía en la bolsa.
El logo de L'Artusi. Mi restaurante italiano favorito. El de las noches especiales. El de la pasta con trufa que me hacía llorar de felicidad.
-Hola, preciosa -dijo, dejando la bolsa sobre la isla de la cocina-. He pensado que igual no habías cenado y...
Se interrumpió al verme. Sus ojos recorrieron mi cara, mi postura, la botella de vino vacía sobre la mesa. Algo pasó por su mirada: preocupación, quizá. O comprensión. O ambas.
-¡James! -exclamé, cruzando el salón hacia él con los brazos abiertos-. ¡Has traído L'Artusi! ¡Eres el mejor prometido del mundo mundial!
Me lancé a sus brazos, rodeando su cuello con más efusividad de la necesaria. James me sostuvo, su mano libre posándose en la parte baja de mi espalda, y me devolvió el abrazo. Pero no dijo nada. Solo me sostuvo.
-¿Estás bien? -preguntó al fin, la voz suave.
-¡Claro que estoy bien! -Me aparté lo justo para mirarlo, la sonrisa aún en su sitio-. ¿Por qué no iba a estarlo? He limpiado el departamento, he encontrado un montón de cosas viejas que ya no necesito, y ahora mi prometido aparece con mi comida favorita. La vida es maravillosa.
James me miró fijamente. Sus ojos azules se pasearon por mi rostro como si estuviera leyendo un mapa en un idioma que solo él conocía.
-Gina...
-¿Qué? -Mi voz sonó demasiado aguda, demasiado alegre-. ¿No me crees? Mira, estoy sonriendo. De oreja a oreja.
-Has estado llorando.
La frase cayó entre nosotros como una piedra en un estanque quieto. Mi sonrisa vaciló un segundo, apenas un parpadeo, antes de volver a su sitio.
-¿Llorar? ¿Yo? Para nada. Habrá sido el polvo del departamento. Estaba todo lleno de polvo. Un asco. Debería haber llevado mascarilla.
James no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada con esa paciencia suya que a veces me desarmaba más que cualquier grito.
-Vamos a cenar -dije, zafándome de sus brazos y yendo hacia la cocina-. Trae esa bolsa que huele a gloria bendita. Me muero de hambre.
ESTÁS LEYENDO
Una Simple Casualidad
Fan-FictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
