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'ᴄᴀᴜꜱᴇ ɪ ꜱᴇᴇ ꜱᴘᴀʀᴋꜱ ꜰʟʏ ᴡʜᴇɴᴇᴠᴇʀ ʏᴏᴜ ꜱᴍɪʟᴇ


No me moví. La música había cesado, los gritos de la policía resonaron por la casa, y el silencio se instaló poco a poco. No tenía certeza de qué hora era, pero estaba segura de que pronto amanecería.

Allí pasé las horas, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared donde me habían amenazado, reviviendo la escena una y otra vez. Quería creer que todo había sido una de mis pesadillas, pero sabía que era real. Sabía que debía levantarme y comprobar el estado de Cailin. Pero simplemente no me veía con las fuerzas necesarias para salir de allí. Tenía miedo de que volviese como había dicho, y que estuviese al otro lado esperándome.

De todas las cosas que esperaba que sucedieran en la fiesta, esa no la habría imaginado en la vida.

¿Qué cosas tendría que hacer para saldar esa deuda? ¿Y si abusaba de mí para después arrojarme al río Hudson dándose por saldado? O incluso peor, que debiera ofrecer mi cuerpo a alguien a cambio de dinero. Fuese lo que fuese que debiera hacer, iba a ser una tortura. Dijo que volvería a por mí y podía suceder en cualquier momento.

Pero, claro. ¿Cómo podía saber de mí? No me había preguntado mi nombre, y aquella zona no era en la que vivía. El estado de Nueva York era grande, demasiado como para buscarme solo a mí. Quizás solo me estaba asustando dejando claro que no debía meterme en esos asuntos y estaba segura de que había aprendido la lección. Si había alguien vendiendo drogas, no debía interferir, solo alejarme. Pero, por otro lado, creía que hice bien llamando a la policía. No sabía ya qué pensar, todo era muy confuso.

El sol ya había salido lo suficiente como para darme cuenta de que era de día, y aunque no sabía qué hora era, no debían ser más de las ocho. Era el momento de reunir valor. Me levanté y afronté todo lo que había al otro lado de la puerta.

Los pies me dolían por llevar aún los tacones y me los habría quitado si no supiera que había cristales en el suelo. Alcancé la puerta de madera blanca y la abrí con cuidado. Antes de salir, asomé mi cabeza comprobando que no hubiese rastro de ese tío por ninguna parte y no me pareció que lo hubiera, así que la abrí para dar un paso al otro lado.

Aquello era incluso peor de lo que pensaba y solo estaba en la cocina. Si alguna vez fue un lugar de lujo, moderno y fantástico, pasó a dar asco en solo una noche. La cocina estaba cubierta de manchas, vasos rotos y lo que deduje que era vómito en el fregadero. El resto de la casa no era mejor: cortinas descolgadas, muebles fuera de lugar, colillas, cerveza derramada, cristales rotos y basura por todas partes. También había restos de comida pisoteada o esparcida sin más, además de algún que otro condón usado por el suelo. Todo era un desastre.

Encontré a Cailin en la habitación, profundamente dormida. Por suerte estaba sola. Le toqué en el hombro numerosas veces, pero solo respondió con un leve gruñido. Decidí dejarla descansar un poco más antes de enfrentarla al desastre que había dejado la fiesta.

Cogí algo de ropa y entré en el baño. Al ver mi reflejo en el espejo, me di cuenta de que no quedaba nada del look que tenía la noche anterior. El maquillaje estaba corrido, el pelo hinchado y las ojeras salieron a la luz tras estar ocultas. Incluso el vestido ya no se veía tan bonito; olía a cerveza y a cigarrillo, y me emitía una mala sensación con malos recuerdos. Me deshice de él con urgencia y me metí en la ducha frotándome con furia, pero sobre todo queriendo borrar la sensación del cuchillo en mi cuello. Pero ni el agua y el jabón iba a limpiar mis recuerdos.

DHARMADonde viven las historias. Descúbrelo ahora