36

463 29 54
                                        



ᴀɴᴅ ꜰɪɴᴀʟʟʏ ɪᴛ ꜱᴇᴇᴍᴇᴅ ᴛʜᴀᴛ ᴛʜᴇ ꜱᴘᴇʟʟ ᴡᴀꜱ ʙʀᴏᴋᴇɴ



Abrí los ojos demasiado rápido, más de lo que mi cuerpo tardó en responder. Casi me recordó a la sensación de aquella parálisis del sueño, solo esperaba no estar teniendo una. Pero si recordaba lo último ocurrido, la prefería sin lugar a dudas.

Sus ojos fueron lo último que vi antes de sumirme en un sueño que había parecido eterno, causado por él. Como el dolor en mi pecho o las lágrimas que comenzaron a salir por sí solas. Fue como si hubiese estado pausada mientras la droga hacía efecto, y al despertar, continué justo donde lo dejé. Recordé aquella expresión fría mientras me sujetaba, tanto que dudaba que fuese el mismo. Lo peor es que tuve el tiempo suficiente para confirmarlo.

Lloré sin importar mi estado en ese momento, lo único de lo que era consciente, era que me encontraba sobre una cama. Me desgarré la garganta y perdí el aire un par de veces. Jamás había sentido nada igual de doloroso, ni siquiera con lo que ya había vivido. Aquello fue distinto en todos los niveles. Y cuando pensé que ya no podían quedarme más lágrimas, detuve el llanto para enderezarme como pude sobre el colchón, dándole al fin la importancia que merecía.

¿Dónde narices estaba?

Él me había llevado allí, o quizás ya me había entregado a quien fuese que se lo exigiera. Daba igual, todas las posibilidades me daban un miedo inmenso. Y lo más inquietante era que el lugar en el que me hallaba no era alarmante, más bien lo contrario. No era un sótano húmedo y sucio, no estaba atada ni había signos de que me hubiesen tocado. Tan solo yacía allí como si me hubiese teletransportado desde Brooklyn.

Era una habitación de hotel, bastante amplia y de calidad. La cama estaba junto a un gran ventanal con las cortinas echadas, una enorme televisión justo enfrente, un escritorio, cocina, armario y baño. Cuando me miré al espejo, me di cuenta de que seguía llevando el uniforme del instituto. Lo primero que hice fue abrir las cortinas tupidas, encontrándome con una ciudad que no conocía y que, sin duda, consiguió que mi corazón comenzase a bombear desenfrenadamente, asustado. Corrí hacia la puerta con poca fe, pero aun así recé porque se abriese. Fue evidente al intentarlo: estaba completamente cerrada.

En ese momento se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Sobre todo, me preguntaba si moriría, cómo y por qué. No entendía quién podría querer buscarme con vida y contratar a alguien para ello, porque eso era lo que yo había entendido. Que lo contrataron para buscarme. Y el muy maldito se aprovechó de mí, me mintió en todo momento mientras yo no hacía más que dejarle entrar en mi pequeño círculo de confianza. Dolía muchísimo.

¿Se habría enterado mi familia ya de que había desaparecido? ¿Estarían histéricos buscando mi paradero? Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado. Puede que incluso nadie estuviese buscándome todavía. Mi madre estaría muy ocupada con sus asuntos, además de preocuparse porque mi hermana adquiriera algo de fama. Mi padre, tal vez se encontraba en alguna operación de nueve horas o viajando. Y Lia pensaría que estaba con el que ella creía que era mi novio. Darme cuenta de que nadie estaría preocupado por mí me entristeció profundamente.

Justo cuando pensé en derrumbarme de nuevo, escuché que la puerta se abría a mi espalda, lo que volvió a activar cada uno de mis sentidos por pura supervivencia. Di unos cuantos pasos hacia atrás, temiéndome que lo peor estaba a punto de atravesarla. Y, sin embargo, me sorprendí al ver a una mujer que cargaba con un par de bolsas y una caja blanca.

DHARMADonde viven las historias. Descúbrelo ahora