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ɪꜱɴ'ᴛ ɪᴛ ʟᴏᴠᴇʟʏ, ᴀʟʟ ᴀʟᴏɴᴇ?



Bueno, ya estaba, había logrado superar la etapa del instituto. Ya no tenía más exámenes ni trabajos que entregar, era totalmente libre. Diría que esa es la sensación más esperada para cualquier adolescente. Se había acabado el maldito elitismo de ese estúpido instituto, y estaba deseando mandarlos a todos a la mierda. Si bien viví buenos momentos, también enfrenté los peores de mi vida, y diría que estos últimos pesaban mucho más, para mi desgracia. Siendo como estaban las cosas en ese momento, no iba a graduarme con una sonrisa. Tal vez solo sonreiría al recibir el diploma, para salir bien en la foto.

Aún tenía pendiente sacar todas mis pertenencias de la taquilla, y aquella mañana de finales de mayo decidí que debía hacerlo cuanto antes. Al abrirla, el libro de literatura y varios papeles de apuntes salieron disparados con poca elegancia, estrellándose contra el suelo. Qué novedad. Un desastre hasta el último día. No me quedó más que poner los ojos en blanco, bufar y empezar a recogerlos antes de que alguien hiciera algún comentario poco ingenioso esa mañana.

Mientras recogía los papeles de cualquier manera, alguien decidió ayudarme. Era algo poco común, y por eso quise sonreírle a la persona amable que se había prestado a hacerlo... hasta que vi los mechones rubios y los ojos azules de Cailin. Todo mi ánimo se desmoronó junto a mis cosas en el suelo. Manteniendo mi expresión seria de siempre, nos pusimos de pie, yo con las hojas y ella con el libro, que le quité de las manos para guardarlo de vuelta en la taquilla sin ningún cuidado, añadiendo también el que llevaba en el bolso al caos. Todo lo hice apresuradamente, intentando pasar el menor tiempo posible a su lado, puesto que parecía no tener intención de moverse. Porque, si pasaba un minuto más junto a ella, volvería a romperme, y no estaba en mis planes. La soledad ya era suficiente carga.

Me di la vuelta con un nudo en la garganta, dándole la espalda y caminando por el pasillo sin rumbo fijo, solo quería largarme. Me detuve cuando escuché un sonido que me resultó muy familiar, ese de perder el aire e intentar recuperarlo, pero sin ser suficiente. Giré medio cuerpo alarmada y vi que provenía de Cailin, quien ya corría por el pasillo opuesto hasta entrar en los baños. Casi estuve por ir tras ella, sabía de sobra lo que eran esos ataques, así como que se debían a que acababa de ignorarla. Habían pasado semanas desde que supe lo que había estado haciendo a mis espaldas y, aunque había desistido en sus intentos de hablarme durante un tiempo, al parecer había vuelto a intentarlo. De hecho, ni siquiera la había visto por los pasillos; era como si hubiese desaparecido.

A la hora de la comida, yo, mi sándwich y mi bolsa de patatas con queso nos fuimos a las gradas solitarias, donde el sol ya comenzaba a quemar. Me quité la americana y me coloqué los auriculares para sumergirme en la música. El cielo estaba azul, ya casi había terminado el instituto, había pasado tiempo con mi padre y mi hermana sin la desagradable compañía de los mellizos, mis visitas al psicólogo iban bastante bien, mi madre parecía algo más abierta conmigo, y pronto iría a la NYU. Sí, se podría decir que todo iba medianamente bien... aunque sabía que me faltaban cosas, aquellas que realmente me hacían feliz.

Echaba de menos a mi amiga, nuestras conversaciones, sus locuras y las tonterías que solo nosotras entendíamos. Quería contarle todo lo que me había estado pasando, que me diera su punto de vista; también quería escuchar lo que ella tuviera que decirme. Nos cuidábamos la una a la otra y hacía demasiado por mí. Éramos solo dos, ninguna perfecta, pero suficiente.

Y luego... quería a Kilian conmigo. Era plenamente consciente de lo que le había dicho que hiciera, que fue a petición mía, pero a veces me encontraba dispuesta a mandarle un mensaje, tan solo para saber que estaba bien. No lo hice. Tenía que esperar, y confiaría en que todo le saldría bien, entonces sería libre y recibiría su llamada. Pero la espera estaba siendo dura, sobre todo si no dejaba de mirar nuestras fotos. Justo como estaba haciendo en ese momento. «Merecerá la pena la espera», me repetí una y otra vez, mientras pasaba el pulgar por la pantalla, justo encima de su rostro sonriente. Dioses, ¿cómo podía quererlo tanto?

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