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ɪ ʀᴇᴀʟʟʏ ʟɪᴋᴇ ʏᴏᴜ


¿Effie? Una mano se interpuso en mi campo de visión obligándome regresar al mundo. ¿Se puede saber en qué piensas?

Parpadeé un par de veces y le devolví la mirada a mi mejor amiga.

Nena, estás en las nubes me recordó mientras se cambiaba el bolso lujoso de brazo.

Respondí con un largo suspiro, apoyando mi espalda en la taquilla.

Cailin, siempre tan perceptiva, supo en lo que andaba pensando y colocó un dedo en mis labios para acallar mis divagaciones.

No digas nada, sé lo que piensas se contestó a sí misma. Pero quizás no sea esa la forma para que él sepa de tu existencia.

Da igual, jamás lograré ser lo suficientemente visible me quejé, colocando mi frente sobre la taquilla. Debía estar harta de mí, y me refería a la taquilla.

Ya, no llores más susurró acariciando mi pelo, porque tengo una noticia estupenda.

¿Qué? gimoteé desde mi posición.

¡Mis padres aprueban mi fiesta de cumpleaños! vociferó con verdadero entusiasmo, provocando que me girase de nuevo ante tal sorpresa. Será este sábado por la noche. Y tú colocó su dedo índice sobre mi frente serás la coanfitriona. ¿Qué te parece?

¡Eso suena genial, Cailin! exclamé con una alegría efímera. Si tuviéramos a alguien a quien invitar.

Hacía dos años que nos conocimos en el St. Joseph High School. Estábamos solas hasta que un buen día nos encontramos en las gradas de lacrosse y desde entonces fuimos inseparables. Iba un curso por delante, por lo que aquel era mi último año, mientras que ella aun debía afrontar un curso más sin mí. Pensar en su soledad entre tantos carnívoros que querrían devorarla sin piedad, me inquietaba.

Porque claro, no era un instituto cualquiera.

El St. Joseph era uno de los institutos privados más prestigiosos de Nueva York, en la Quinta Avenida, junto a Central Park. Solo la élite y aquellas personas con contactos o becas eran capaces de matricularse.

Tenía muchas normas, unas estaban escritas y dictadas por sus fundadores, mientras que otras fueron creadas por los propios estudiantes. Como regla principal, debíamos llevar uniforme, que exigía falda o pantalón color vino tinto, chaleco y americana negra adornados con un emblemático escudo, complementados con una camisa blanca y corbata a rayas. Cada elemento significaba tradición y prestigio.

Miraras por donde miraras, veías joyas brillantes que costaban más que toda mi casa, bolsos, pañuelos o zapatos de la mejor marca del mercado. Por no hablar de los maquillajes que presumían de usar o incluso los que les enviaban a casa para que los recomendaran en sus redes sociales.

Y mientras ellas deslumbraban con joyas y accesorios de diseño, yo como mucho adornaba mi largo cabello castaño con una diadema sencilla.

Aquellos años no fueron fascinantes. Solía centrarme en los exámenes y las extraescolares con la ambición de entrar en una gran universidad. Al menos hasta que Cailin me animó a salir de la zona de confort.

Vendrán algunos amigos míos del colegio, y gente del instituto. Será una gran fiesta, habrá de todo y tendremos piscina, porque será en la casa de Port Washington. Subía y bajaba las cejas de una forma muy peculiar que consiguió sacarme una sonrisa.

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