La discreción no es su fuerte, han sido expuestos a una sociedad que no entiende la danza de dos almas que se buscan sin importar las barreras, la cruda luz del juicio los espera.
Una reputación impecable se verá manchada.
Un futuro brillante estará truncado por la sombra de un amor prohibido.
¿Vale la pena arriesgarlo todo por alguien a quien solo puedes amar en la oscuridad?
De nada sirve advertirles, el tiempo se ha agotado y ahora, las consecuencias serán devastadoras.
Esto es solo una muestra del precio que deberán pagar por desafiarme.
El silencio tras el correo pesaba más que el trueno exterior. La lluvia martilleaba los cristales, pero dentro, el aire se había vuelto irrespirable.
Azriel y Vincent se sostuvieron la mirada. El pánico era un pulso compartido.
Böhen intentó hacerse creer que era una maldita broma, pero el mayor confesó que ese correo electrónico era único.
Alguien se empeñó en que lo viera; un solo intento de rastreo y el disco se volvía inútil.
—No debí ir detrás de alguien que no confía en mí— murmuró el rubio, a lo que Azriel frunció el ceño, ¿lo estaba culpando?
Vincent cerró la laptop con brusquedad, y apoyó las palmas sobre la madera, acorralándolo con la mirada.
—¿Y el desastre en tu piso? ¿Y el moretón? —escupió—. ¿Cuándo pensabas contármelo?
Azriel intentó hablar, pero sólo exhaló aire. No era una charla; Vincent estaba reclamando.
—Te di espacio —rugió, golpeando la mesa—. Esperé como un idiota a que confiaras en mí.
Se enderezó, señalándole con un dedo que vibraba por la rabia contenida.
—¿Por qué, Azriel? ¿Qué demonios escondes?
Vincent acortó la distancia. El espacio entre ambos se volvió denso, cargado de un calor violento.
—¿A quién proteges? —su voz bajó a un susurro oscuro, peligroso.
—No tienes derecho a meterte en mi vida —soltó el más joven, pero le tembló la voz igual—. Hay cosas que no comparto contigo y está bien. ¡Tú haces lo mismo!
Golpeó la mesa con fuerza, esta vez él. El ruido cortó el aire.
—Son mis porquerías —dijo, respirando rápido—. Sé cómo solucionarlo. Lo hago siempre.
Vincent rió sin humor, una exhalación corta que sonó a desprecio… o impotencia.
—¿Ah, sí? —sus ojos brillaron—. ¿Dejándote lastimar?
Azriel sintió un nudo en el estómago.
—No necesito que te involucres, ya te lo pedí —insistió, más filoso.
La expresión de Vincent cambió.
Algo se le endureció en la cara, como si la frase le hubiera recordado una debilidad que odiaba admitir.
Avanzó un paso. Azriel no retrocedió… pero tuvo que levantar el mentón para sostenerle la mirada.
—No se trata de salvarte —dijo Vincent, con la voz ronca—. Se trata de que te lastimaron. Y yo…
Se cortó.
Literalmente se mordió la lengua, como si lo que iba a decir fuera demasiado íntimo. Demasiado real.
Azriel se le fue encima, con la rabia ardiéndole en los ojos.
—¡Jamás lo protegería! —escupió—. ¡Mi padre es una basura! Pero no lo conocés como yo. No sabés lo que es vivir con eso.
Vincent no se movió.
Solo lo miró como si quisiera memorizar cada grieta, cada temblor de su voz.
Azriel respiró fuerte, el pecho subiendo como si le costara aire.
—¿Y no te alarma que alguien nos siguiera? —no se rebajó—. ¿Que supiera exactamente cuándo y dónde?
Los ojos de Vincent se oscurecieron. Había una decisión peligrosa. Una de esas que se toman cuando ya no importa el precio.
—Ve a la policía, Vince —le pidió, pero el CEO negó de inmediato.
—No haré eso.
El muchacho lo miró incrédulo.
Vincent se alejó hacia el ventanal, quedándose de espaldas, como si necesitara distancia para no hacer algo peor. Sus hombros tensos, su mandíbula apretada.
—No voy a darles una razón para meterse en mi vida privada —habló sin mirarlo.
Azriel soltó una risa seca. Dolida.
—¡Pues alguien ya lo hizo! —le gritó—. ¡Hay un jodido acosador suelto y no puedo creer que solo pienses en ti mismo!
El rubio lo miró de reojo.
—Te estoy protegiendo, Azriel.
—No —se acercó, cada paso era una provocación—. Tienes miedo, de que se enteren que te cojes a un hombre.
El aire se volvió espeso.
Vincent lo sintió como un puñetazo en el estómago.
Azriel levantó la mano y le golpeó el hombro.
—¡Mírame! —le ordenó, la voz quebrada y rabiosa a la vez—. ¿Qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en mí?
Vincent alzó la vista.
Y en ese segundo Azriel entendió lo peor: No era asco. No era vergüenza.
Era terror de sí mismo.
El rubio lo agarró de la muñeca y lo estampó contra el vidrio, provocando que vibrara.
Lo besó.
Como si se estuviera ahogando. Como si Azriel fuera el único aire posible. Apretó su cintura, sacándole un jadeo que murió en sus labios.
El CEO lo sostuvo ahí, firme, sin dejarle escapatoria… ni dársela a él mismo.
—No hay nada malo en ti —murmuró contra sus labios, la voz rota—. Nada.
Azriel sintió el temblor en su respiración, en cómo se obligaba a frenar, como si el cuerpo le pidiera una cosa y la cabeza le gritara otra.
Apoyó la frente contra la suya, apenas un roce. —El problema soy yo —susurró—. Y ya no se habla del tema.
Azriel lo empujó, ganando distancia.
—Eres un cobarde.
Por un segundo, el semblante de Vincent se suavizó.
Solo un segundo. Como si se le escapara un rastro de humanidad antes de volver a ponerse la máscara.
Pero no retrocedió.
Lo tomó de las manos, apretándolas con fuerza, anclándolo al suelo como si temiera que desapareciera.
—No dejaré que nadie te toquen, ni a Ruby —prometió.
—¿Y si ya es tarde?
En ese instante, el estruendo de vidrios rompiéndose en el primer piso, los paralizó. La oscuridad que los envolvió fue tan repentina como aterradora.
El sistema de seguridad fue hackeado.
Los pasos golpearon el suelo de madera y bajaron las escaleras a toda velocidad. No tenían salida; la cocina estaba atrapada entre la isla y la pared.
Dos encapuchados armados los sorprendieron. Vincent reaccionó empujando a Azriel detrás de su cuerpo, pero el destello de un disparo iluminó la penumbra.
Su cuerpo se desplomó sobre el más joven, haciendo que cayeran. Azriel lo abrazó con desesperación, presionando la herida que ya empapaba su camisa de un rojo caliente.
—No, no, no… —repetía, sintiendo la vida de Vincent escaparse entre sus dedos.
Los hombres se abalanzaron sobre ellos. Intentaron arrancarlo del cuerpo del CEO, pero Azriel se aferró. Un segundo disparo impactó en su pierna, quemándolo por dentro.
Lo arrastraron por el suelo y, Azriel pateó al hombre que lo sujetaba, pero recibió un golpe en la cara que lo noqueó.
Lo tumbaron boca abajo con fuerza despiadada. Sintió un pinchazo en el cuello y, antes de desmayarse, la última imagen que quedó grabada en su mente fue la de Beaumont, desangrándose.
Lo subieron a una camioneta y se lo llevaron.
Esa noche los marcó para siempre. Las heridas sanarían con el tiempo, pero las cicatrices en sus corazones, serían imborrables.
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10:35 [BL]
Genç KurguEn una sociedad donde la homosexualidad sigue siendo mal vista, Vincent y Azriel, se encuentran cada noche, a las 10:35. Sin embargo, aquel refugio donde la calma les permitía expresarse sin miedo, se vio empañado por la incertidumbre cuando uno de...
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