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Vincent llegó a su casa hecho una furia. Cerró la puerta de un golpe y lanzó su saco al sofá sin importarle dónde caía.

El eco del golpe resonó en el silencio de la mansión, pero no apagó las palabras de Rebecca, que seguían martillando en su cabeza.

Se dirigió al bar y bebió whisky directamente de la botella. El ardor en su garganta no era suficiente para apagar el fuego en su interior.

Aflojó su corbata y, sin pensarlo, arrojó la botella contra la pared. El cristal se hizo añicos.

El silencio lo sofocaba. Estaba solo, debido a las vacaciones del personal.

Con manos temblorosas, sacó su teléfono y marcó el número de Azriel.

—¿Estás ocupado? —su voz sonaba tensa, desesperada—. Quiero verte. Te necesito.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

—Solo ven. No al loft, te enviaré la dirección de mi casa.

Hubo una pausa antes de que el muchacho aceptara.

Cuando llegó, el portón automático se abrió, revelando la imponente mansión.

Era la primera vez que veía más allá del loft donde siempre se encontraban. Todo en esa casa irradiaba lujo y poder… excepto el desastre en el interior.

Cristales rotos. Muebles fuera de lugar.

Y en medio de todo, Vince. Sentado en el sofá, despeinado, con la mirada perdida.

—¿Qué demonios pasó aquí?

—No quiero hablar de eso —murmuró el CEO, poniéndose de pie y abrazándolo con torpeza—. Solo… quédate conmigo, ¿sí?

Azriel dudó. Había algo en Vince, algo que no estaba dispuesto a compartir.

—¿Estás ebrio? Esto no...

—Shh... —lo interrumpió el rubio, tomándolo del rostro—. Necesito ocupar mi cabeza en otra cosa. En ti.

Azriel quiso detenerlo. Hacer que hablara. Pero al final, cedió.

Vince prácticamente lo arrastró escaleras arriba y lo besó con desesperación.

Esa vez no hubo ternura. Solo un intento desesperado de ahogar el dolor con placer.

Y mientras sus cuerpos se encontraban, Azriel sintió cómo su alma se rompía en pedazos. Porque eso no era amor.

Después del encuentro, la habitación quedó sumida en una penumbra sofocante.

Azriel se incorporó al borde del colchón, cubriéndose con la sábana. A su lado, Vince yacía con un brazo sobre los ojos.

—¿Vas a decirme qué está pasando?

Silencio.

Azriel apretó la sábana con los dedos.

—No puedes usarme para olvidar tus problemas.

Vince resopló y hundió la cara en la almohada.

—No empieces, ángel. Me duele la maldita cabeza.

Azriel bufó, incrédulo.

—Yo te cuento cómo me siento, pero tú…

—No quiero hablar de eso ahora —gruñó el CEO—. Solo cállate y vuelve a la cama.

Azriel se tensó. —Esto no es un juego, Vincent. ¿Por qué no confías en mí?

El rubio apartó la almohada y se incorporó de golpe.

—¿Qué parte de “me duele la cabeza” no entendiste?

Azriel lo miró directo a los ojos.

—¿Qué parte de “no soy tu maldito escape” no entiendes tú?

El CEO apretó los labios y el muchacho comenzó a vestirse.

—No te obligué a venir —espetó Vincent con frialdad.

Azriel se giró bruscamente, su rabia estallando. —¿En serio me estás culpando? ¡Tú me llamaste y suplicaste que viniera!

Vince apretó los puños.

—Porque te necesitaba. Pero eso no significa que debías hacerlo. Estaba ebrio, joder.

El castaño dejó escapar una risa amarga.

—No soy tu maldito terapeuta, Vince. ¿Te das cuenta de lo injusto que estás siendo?

Lo Señaló con el dedo, su dolor brillando en los ojos.

—Me haces venir, me arrastras a tu cama, ¡y luego esperas que adivine si quieres discutir o follar para olvidar tus problemas!

Vince se levantó furioso.

—¡Exactamente! No quiero hablar, no quiero pensar en lo jodida que está mi vida. Y si tenerte aquí era la única forma de apagarlo por un rato, entonces sí, te usé.

Azriel sintió cómo su pecho se comprimía.

—¿Sabes qué? —su voz fue un susurro tenso, tembloroso de rabia contenida—. Estás hecho mierda, pero eso no te da derecho a lastimarme.

Vince frunció el ceño.

—¿Y por qué no me detuviste?

—Porque hubo un tiempo en el que decir “no” significaba más dolor. Creí haberlo superado. Pero contigo… me paralicé.

La ira en los ojos de Vince se disipó de golpe.

—Azriel…

—No. No lo intentes —lo cortó de inmediato—. Tengo rasguños, mordidas… y ni siquiera me miraste con dulzura. Solo con rabia.

El silencio entre ellos se volvió sofocante.

Vince quiso moverse, acercarse, pero el otro retrocedió.

—No vuelvas a hacerme esto.

Tomó sus cosas y se dirigió a la puerta.

Pero antes de salir, la voz del mayor lo detuvo.

—¿Alguien te vio entrar?

El castaño frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Los vecinos estaban por ahí?

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí, estoy seguro— respondió entre dientes y salió dando un portazo.

Vince se pasó una mano por el rostro y comenzó a caminar de un lado a otro.

—Si alguien nos vio… esto se va a saber. Los tabloides, los rumores, la junta directiva… carajo.

Apretó los dientes y se dejó caer en la cama, enterrando el rostro entre las manos.

«No debí llamarlo

10:35 [BL]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora