CAPÍTULO 18

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AMERYAN

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AMERYAN

AMERYAN NO ESPERABA ENCONTRARSE CON ESE PEQUEÑO ROSTRO curioso por la mañana. El príncipe Viserys se encontraba sentado en su cama, ocultando sus labios con ambas manos para evitar reír y despertar a Ameryan en el proceso. ¿Qué hacía el hijo de la reina Rhaenyra tan temprano en sus aposentos, y sin el cuidado de sus nodrizas? No tenía la más mínima idea. Se enderezó como pudo y cubrió parte de su cuerpo descubierto.

—¿Hola?

—Buenos días —dijo Viserys—. ¿Puedo quedarme aquí?

—¿Por qué? Eh, Viserys —Ameryan acomodó los mechones desordenados del niño—. ¿Dónde están tus hermanos? ¿Ellos saben que estás aquí?

—Hoy deben darnos nuestras medicinas de cada luna —explicó el niño—. Es un té que sabe terrible, a mocos. —Su expresión de disgusto resultó enternecedora. Ameryan no pudo evitar volver a sacudir sus mechones, preguntándose si todos los niños nacidos de la sangre Targaryen tenían el cabello tan suave—. Mis hermanos y yo nos escondimos.

—¿Tus hermanos...?

—Aegon, Joffrey y yo —enumeró—. Joffrey se escondió en la biblioteca, Aegon fue a las habitaciones de Jacaerys y yo...

—Tú, joven príncipe, viniste a mi habitación. —Ameryan ató la sabana sobre su cuerpo para poder salir de la cama. No esperaba visita, así que por la noche tuvo toda la confianza de dormir como normalmente lo hacía; desnudo—. ¿Te importaría esperar un poco? Iré a asearme rápidamente y volveré.

—¡Claro!

Ameryan se acercó a la puerta y susurró una excusa patética a una de las criadas. Le aseguró que no necesitaría ayuda para prepararse esa mañana. Ajustó la sábana sobre su cuerpo y se encaminó al baño. El pequeño Viserys lo sorprendió, el niño se sentó contra la puerta y parloteó durante todo lo que duró el baño de Ameryan. Lo escuchó hablar sobre su familia y sus juguetes mientras se restregaba con los jabones de Altojardín. Cuando ya estaba a punto de salir, tratando de atar las tiras de su traje, todo quedó en silencio.

Fue imposible no preocuparse. Él mismo había cuidado a los hijos de sus primas y sabía que el ruido era algo normal en los niños. ¿El silencio? Eso era peligro.

Corrió del baño sin terminar de atar su traje, aunque tampoco podría hacerlo solo. Viserys seguía en la habitación, eso lo tranquilizó un poco, luego comprendió qué es lo que dejó esa expresión derrotada en el jovial rostro del niño.

—Príncipe Jacaerys.

—Ameryan.

No príncipe Ameryan, solo Ameryan.

—Creí que los honoríficos quedarían atrás para nosotros —dijo.

—Y así es —asintió Ameryan—. Espero que entiendas que, frente a los demás, el respeto se debe mantener.

LACUNA, Jacaerys Velaryon.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora