XII

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Danny Fenton despertó con el alboroto de las aves que trinaban en las ramas del almendro junto a la ventana. Bostezó largamente y se estiró mientras terminaba de espabilar. Todo iba bien hasta que abrió los ojos y encontró lo que debiera ser su cuarto totalmente cambiado.

Una gran lámpara de pantalla en tono beige reposaba sobre la enorme cómoda. Su cama, antaño individual, triplicaba su tamaño.

Desorientado y boquiabierto Danny empezó a girar sobre sus talones, identificando y numerando cambios, hasta que pudo recordar lo sucedido. No estaba en su casa como había creído al despertar, sino en la mansión de Vlad. Y ese era el cuarto de huéspedes.

Danny dejó salir el aire al apoyarse de espaldas sobre el brillante armario de caoba que ocupaba al menos una tercera parte de la habitación.

Que suave se sentía la mullida alfombra tinta bajo sus pies. Que relajante la visión de los intrincados relieves del papel tapiz granate, y que elegantes las gruesas cortinas que pendían del otro lado de la pared. 

A pesar de la extrañeza que envolvía a Danny al saberse en una casa ajena, lo cierto era que había dormido mucho mejor que en su propio hogar, donde la escandalosa música de su hermana retumbaba nada más salir el sol. Y ni qué decir de sus padres y sus interminables misiones por atrapar fantasmas. Ahí en cambio todo era silencio, paz y armonía.

Podría acostumbrarse a ello muy fácilmente.

Danny volvió a la realidad al recordar su estado. Corrió a lo que supuso el cuarto de baño y mascó una maldición al ver que su reflejo portaba cabello blanco, no negro. Además de ojos verdes, no azules.

-Rayos- golpeó el espejo y estuvo a punto de caer cuando su puño atravesó el cristal. Justo lo que le faltaba, perder el control de su propio poder fantasmal.

Salió de la recámara y bajó a la otra planta. En la inmensa nevera del comedor había una nota pulcramente garabateada donde se le permitía tomar lo que quisiera para la merienda.

Dentro del frigorífico había una gran variedad de alimentos que Danny se limitó a observar. Aquello le recordaba en gran medida a la casa de Sam. Solo que la casa de su amiga cabría fácilmente en el garaje de la mansión de Vlad.

Danny se preguntó cuán solitario debía sentirse el magnate al estar en semejante lugar sin compañía alguna.

Al final su desayuno había terminado siendo más de lo mismo, para no perder la rutina. Cereal con leche y un poco de café bien cargado.

¿A qué hora le había dicho Vlad que volvía?

Todo cuanto Danny recordaba era una vaga plática en la limusina. A Vlad dándole instrucciones para que subiera a descansar una vez que llegaron a la mansión y después...nada. Debió quedarse dormido en cuanto se recostó.

Vlad estaba siendo bastante hospitalario con él, a decir verdad demasiado. Sobretodo teniendo en cuenta que Danny había malogrado una de sus máquinas durante el recorrido por su empresa. Se había metido en problemas y ahora gracias a su impulsividad no podía regresar a casa ni ir a la escuela.

Quizá no fuera tan malo estar un tiempo lejos de casa.

Intentaba hacerse a la idea cuando recordó la advertencia de su padre sobre el horario.

¿Qué habrían hecho al ver que Danny no llegaba a casa?

¿Y sus amigos? ¿Cómo se lo tomarían?

Danny suspiró en tanto lavaba la loza. Ni bien acabó buscó entre los cuartos hasta encontrar un teléfono fijo. Marcó el número de su casa y aguardó con la bocina pegada al oído.

Experimento fantasma.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora