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XLI

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Vlad Masters enfundado en su traje de negocios, señaló con un rotulador negro la tabla de estadísticas proyectada sobre la pizarra plegable. Deslizó el objeto para esclarecer el porcentaje en la demanda de determinados proyectos inconclusos y finalizó la reunión estableciendo un tiempo límite para las mejoras.
Todos los presentes (en su mayoría jefes de diferentes áreas del sector empresarial) alrededor de la enorme mesa cuadrangular asintieron conformes, terminaron de tomar notas y abandonaron la sala de juntas.

Una vez solo, Vlad se apresuró a tomar su maletín. Los monótonos fines de semana que solía pasar solo habían quedado en el olvido. Ahora tenía a alguien esperando en casa, alguien que lo quería y que realmente valoraba sus esfuerzos.

De camino en la limusina, encendió su móvil para asegurarse de que Danny se encontraba en la nueva mansión que había adquirido poco después de comprobar los efectos secundarios de la máquina descondensadora.

Como de costumbre, la pantalla de su teléfono (que estaba sincronizado con las cámaras de seguridad de su nuevo hogar) mostraron al adolescente jugando videojuegos. Esa era la nueva rutina de Daniel. Vlad le había pagado un curso de administración de empresas para mantenerlo ocupado durante las mañanas. Por las tardes Danny jugaba un poco. Ocasionalmente y, si se sentía de buen humor, entrenaban una hora.

Debido a su trabajo, Vlad había desplazado las citas para los fines de semana. Ya habían pasado dos meses y Danny seguía sin recordar su pasado. Pero no por ello Vlad había bajado la guardia. Sabía que en cuanto se presentarán cambios en el chico debía someterlo nuevamente a la máquina. Lo haría una y mil veces más de ser necesario.

Ya había hablado varias veces con él para rellenar las lagunas mentales. Cada mentira cuidadosamente planificada Vlad debía anotarla y memorizarla para evitar futuros deslices. Había bloqueado además los noticieros de todos los televisores. Aunque estaban lejos de la ciudad, uno nunca sabía.

Contrario a su padre, Daniel no era tonto. Su personalidad desconfiada se había apaciguado un poco, pero su extrema curiosidad exigía respuestas al momento.

En cuanto el chófer aparcó, Vlad salió de la limusina y se dirigió a la mansión.

Danny estaba recostado boca abajo con las piernas flexionadas sobre la alfombrilla de la sala, sujetando el mando y oprimiendo botones a una velocidad alucinante.

-Danny- tosió Vlad para llamar su atención.

De manera casi automática Danny soltó el mando y corrió a abrazarlo. Para Vlad no existía mejor recibimiento que ese. Tomó a Danny de la barbilla y le robó un cálido y ardiente beso que podría haber llegado a más de no ser porque Danny se apartó soltando una risilla nerviosa que Vlad, con la ceja súbitamente alzada, no comprendió de inmediato, hasta que el chico se aclaró al respecto.

-Es tu barba. Me hace cosquillas.

-Ya veo.

Vlad se acarició la poblada barbilla.

-¿Quieres que me afeite?

Danny negó con la cabeza y volvió a rodearle los hombros con ambos brazos.

-Me gusta como te ves así.

Vlad estaba a punto de devorarlo ahí mismo, pero de nuevo Danny se alejó de él.

-Hice panqueques con frutilla y yogurth.

Vlad se dejó guiar por el adolescente, quien lo tomó de la mano cual niño pequeño para llevarlo al comedor, donde, efectivamente, estaban los panqueques.

A pesar de sus ansias por poseerlo, Vlad no se quejó. La cocina era uno de lo nuevos pasatiempos de Danny. Cualquier cosa que hiciera estaba bien, mientras no hurgara en su pasado.

-¿No me acompañas?- se extrañó Vlad al notar que el chico no se sentaba.

-Ya he comido- respondió Danny con su habitual sonrisa-. ¿Por qué mejor no vamos al supermercado?...quiero decir  cuando termines de comer. 

Vlad pinchó un trozo de panqueque y se lo llevó a la boca. La textura era tan esponjosa que casi se deshacía en su lengua. Lo bañó en sirope y comió otro bocado.

El chico claramente quería salir de casa. Lo de los víveres era una mera excusa pues Danny sabía tan bien como él que Vlad tenía quien le hiciera las compras, así como quien limpiara y quien cocinara. Sin embargo Danny solía pasar de sus empleados para hacer por sí mismo las cosas, poco habituado a ese estilo de vida.

Vlad no lo importunaba, y no pensaba hacerlo ahora.

-Bien- accedió al terminarse la comida-. ¿Quieres hacer una lista de lo que necesitas?

-No hace falta- sonrió Danny señalandose la cabeza con el índice-. Tengo todo aquí...o bueno- hizo una pausa, ligeramente decaído-. Casi todo.

-No empecemos- Se apresuró Vlad a cambiar de tema. Se levantó y tomó a Danny por los hombros. El chico se había quedado pensativo, con el dedo sobre la barbilla, como si intentara recordar algo-. Mejor demonos prisa y así podemos estar un rato juntos.

Danny se estremeció y cerró los ojos por la inesperada lamida a su oído.

Vlad entonces le puso la tarjeta negra en la mano.

-¿Estas de broma?- parpadeó Danny, incrédulo y pasmado por la acción. Era la tarjeta sin fondos, aquella que podía comprar cualquier cosa, hasta un auto si se quería. Vlad se lo había comentado más de alguna vez. Y ahora se la daba así como así.

-No es broma, pero lo será como no te des prisa- Vlad lo empujó de la espalda, forzandolo a salir de su ensimismamiento.

Danny sonrió. ¡Que bueno que era con él!

Experimento fantasma.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora