En la aldea oculta de Konoha, dos jóvenes ninjas, Boruto Uzumaki y Sarada Uchiha, se embarcan en un viaje emocional y lleno de desafíos mientras descubren un amor que desafía las tradiciones y las expectativas de sus familias.
En medio de sus deber...
No había cielo ni suelo, solo un vacío eterno que lo envolvía en una penumbra que parecía viva, respirando junto a él. No podía moverse, no podía gritar, ni siquiera podía sentir su propio cuerpo.
Era como si hubiera dejado de existir, como si la identidad que una vez tuvo se estuviera desmoronando lentamente, disolviéndose en aquella prisión de sombras.
Sin embargo, no estaba solo. Había una presencia, una voz, una fuerza oscura que lo acechaba desde lo más profundo de aquel abismo.
- No hay escapatoria.
Boruto sintió un escalofrío recorrer su alma, aunque su cuerpo físico no existiera en este lugar. Esa voz no era humana. Era un susurro sin emociones, frío como la brisa de la muerte, pero lleno de una certeza irrefutable.
- Tu vida anterior ya no tiene sentido.
Las sombras se retorcieron a su alrededor, enredándose como serpientes invisibles, deslizándose por lo que alguna vez fueron sus brazos, sus piernas, su pecho. Se estaban aferrando a él, absorbiéndolo, hundiéndolo más y más en aquella oscuridad opresiva.
¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días?
El tiempo no existía en este lugar. No había amanecer ni atardecer, no había brisa ni sonido, solo el interminable murmullo de la oscuridad tratando de reclamarlo.
Boruto quiso recordar... pero no podía.
Cada vez que intentaba traer un recuerdo a su mente, este se desvanecía, como tinta disolviéndose en el agua. Era como si su pasado estuviera siendo borrado poco a poco, su esencia reducida a un simple fragmento de existencia flotando en la nada.
- Ya no eres Boruto Uzumaki.
La sombra se deslizó a su alrededor, susurrando sus verdades venenosas.
- Eres solo un eco, un fantasma sin propósito. No hay nadie que te busque. No hay nadie que te necesite.
- No hay nadie que te ame.
Boruto cerró los ojos. ¿Era eso cierto?
Por un momento, la desesperanza se instaló en su corazón. Todo se sentía tan lejano, tan irreal... Como si su vida en Konoha, su familia, sus amigos, todo lo que alguna vez conoció hubiera sido solo un sueño del que ahora estaba despertando.
¿Acaso había existido realmente?
Tal vez... tal vez la sombra tenía razón. Tal vez no había nadie esperándolo fuera de esa oscuridad. Tal vez ya no importaba. Pero entonces...
Algo rompió el silencio. Fue un sonido tenue, lejano, pero poderoso. Como un destello en medio de la noche más oscura.
- ¡Boruto!
Boruto se congeló. Esa voz...
Había algo en ella, algo cálido, algo familiar, algo que hizo que su corazón latiera con fuerza por primera vez en lo que parecía una eternidad. Era su nombre. Y alguien lo estaba llamando.
- ¡Sarada!
Su mente estalló en una avalancha de recuerdos. Imágenes borrosas, difusas al principio, pero que poco a poco comenzaron a tomar forma.
El cielo de Konoha sobre su cabeza, el viento cálido acariciando su rostro. Las tardes de entrenamiento bajo la mirada paciente y exigente de Sarada.
Las veces que discutieron, las veces que rieron, las veces que compartieron silencios que lo decían todo. Y luego, su mirada.
Esos ojos intensos, determinados, que siempre lo veían como si fuera capaz de todo. Boruto sintió que su pecho se expandía. La sombra dentro del abismo rugió con furia.
- ¡NO!
El vacío se sacudió violentamente, como si el mismo abismo estuviera reaccionando al brillo de sus recuerdos. Las cadenas de sombras intentaron aferrarse más fuerte a su cuerpo, pero Boruto sintió que algo dentro de él había despertado.
¡Sarada vendrá por mí!
La sombra gritó. El vacío tembló.
Y cuando lo haga, voy a alcanzarla.
Las sombras lo envolvieron, intentaron ahogarlo, pero ya era tarde.
Boruto había recordado quién era. Y lo más importante...Había recordado a quién amaba. La oscuridad se desgarró en una explosión de luz azul, pero Boruto no despertó.
Aún estaba atrapado. Aún no podía moverse. Pero ahora sabía la verdad. Él estaba allí..Vivo, latiendo, luchando. Esperando que Sarada entendiera que había una única forma de salvarlo.
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