En la aldea oculta de Konoha, dos jóvenes ninjas, Boruto Uzumaki y Sarada Uchiha, se embarcan en un viaje emocional y lleno de desafíos mientras descubren un amor que desafía las tradiciones y las expectativas de sus familias.
En medio de sus deber...
El eco de sus pasos resonaba en la cueva mientras Boruto y Sarada corrían por el estrecho pasillo que los llevaría hacia la salida. Pero la oscuridad aún no los dejaba ir.
El aire se volvió pesado de nuevo, más denso, más frío. Era como si una presencia invisible los envolviera, como si la misma oscuridad del pantano estuviera furiosa por haber perdido a su prisionero.
Boruto apretó los dientes y estrechó la mano de Sarada con más fuerza. Su chakra aún estaba inestable, pero la energía de la oscuridad que lo había atrapado por tanto tiempo ya no tenía poder sobre él.
- No va a dejarnos ir fácilmente...- murmuró Sarada, sintiendo cómo la presión en el aire aumentaba.
Entonces, el suelo tembló. De las sombras del pasillo emergieron figuras humanoides, envueltas en una bruma oscura. Sus cuerpos eran esqueléticos, con rostros sin rasgos definidos, pero con ojos brillantes como brasas ardientes.
Eran las últimas manifestaciones del poder del pantano.
- No podemos perder tiempo con ellos - dijo Sarada con frialdad, su Sharingan girando intensamente mientras analizaba a los enemigos.
Boruto asintió.
- Nos abrimos paso con todo lo que tenemos.
Las criaturas no esperaron. Se abalanzaron sobre ellos en un ataque sincronizado, rápidos como sombras en la noche.
Sarada se movió primero. Con un giro elegante, esquivó el ataque del primer espectro y su mano se envolvió en relámpagos.
- ¡Chidori!
El rayo azul perforó el pecho de la criatura, haciéndola desintegrarse en un humo negro que se disipó en el aire. Boruto, por su parte, canalizó chakra en su mano, formando un Rasengan de un tono más brillante.
Con una precisión calculada, golpeó el suelo con su técnica, liberando una onda de choque que lanzó a varias criaturas por los aires. Pero la oscuridad no se detenía. Las criaturas seguían emergiendo, como si el pantano no tuviera fin. Sarada frunció el ceño.
- Si seguimos luchando así, nunca terminaremos. Tenemos que encontrar el origen de esto y destruirlo.
Boruto asintió y cerró los ojos por un instante, enfocándose en sentir el flujo de chakra a su alrededor.
Y entonces lo vio. Un punto, más oscuro que el resto, más denso. El corazón de la oscuridad. Boruto abrió los ojos, concentrado.
- Ahí es donde tenemos que ir. Si destruimos el núcleo, todo esto desaparecerá.
Sarada le creyó sin dudar.
- Entonces acabemos con esto.
Ambos corrieron hacia la fuente de la corrupción, esquivando ataques, cortando sombras, lanzando jutsus que iluminaban la cueva con destellos de luz.
Pero cuando llegaron al final del pasillo, su camino fue bloqueado.
Una figura salió de entre las sombras, más imponente que las demás. Sus ojos eran profundos y oscuros, su chakra desbordaba un poder antiguo, monstruoso.
Era el verdadero guardián del pantano. Su voz no fue más que un eco retumbante en la cueva.
- No saldrán de aquí.
Boruto se adelantó, su cuerpo emanando una energía electrizante.
- Mira bien... porque vamos a destruirte.
Sarada activó su Sharingan completamente, y con un leve asentimiento, ambos se lanzaron a la última batalla.
El destino del pantano, y de su libertad, estaba por decidirse.
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