Capítulo 38

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La luz del amanecer se colaba entre las rendijas de la puerta shōji, tiñendo la habitación con un resplandor cálido y difuso. Afuera, el canto de los pájaros comenzaba a llenar el aire húmedo con notas suaves, como si la naturaleza también se desperezara con lentitud.

Sakura abrió los ojos en silencio. Durante un instante, se quedó así, mirando el techo de madera, escuchando su propia respiración, como si buscara aferrarse al momento antes de que el día comenzara de verdad. Pero los pensamientos no tardaron en volver. La herida que no existía. La sombra de sí misma. Esa parte de ella que aún la miraba desde algún rincón invisible.

Se sentó despacio sobre el futón, con el cabello suelto. El yukata se deslizaba sobre su piel con un susurro, y el aire frío le recordó que estaba despierta, que el entrenamiento continuaba, que debía seguir adelante.

Cerró los ojos por un segundo más. Inspiró hondo. Y cuando los volvió a abrir, una sonrisa serena —casi natural— se dibujó en su rostro.

Una sonrisa lo suficientemente firme para no levantar sospechas. Una sonrisa que no decía nada de lo que realmente sentía.

Se puso de pie.

El patio ya comenzaba a llenarse con las voces dispersas de los criados que salían a sus rutinas matutinas. El aire era fresco, impregnado del aroma tenue del rocío y de la tierra aún húmeda por la bruma de la madrugada.

Sakura cruzó el umbral del pasillo con paso tranquilo, sus sandalias apenas resonando sobre la madera. Al doblar la esquina, se encontró con Takuma y Naruto que ya discutían sobre si entrenar antes o después del desayuno, como si aquella fuera la decisión más trascendental de sus vidas.

—Mañana temprano y con el estómago vacío se mejora la concentración —decía Takuma, estirando los brazos perezosamente por encima de la cabeza.

—¿Tú puedes concentrarte sin haber comido? No me hagas reír —bufó Naruto, girándose hacia Sakura al notar su presencia—. ¡Ah, Sakura! ¡Dile tú!

Ella sonrió. Una de esas sonrisas que aprendió a construir desde muy joven. Ligera, encantadora, perfectamente colocada.

—Yo sólo quiero sobrevivir —bromeó—, así que lo que decidan está bien.

Takuma y Naruto se echaron a reír, pero Neji, que había salido segundos después por el acceso opuesto al patio, no se unió al humor.

Se detuvo un instante al verla.

Sakura irradiaba calma. Tenía la postura firme, la sonrisa lista, el tono casual. Cualquiera habría creído que estaba bien.

Pero Neji no era cualquiera.

No era solo la sonrisa; era el leve retardo al responder, la tensión apenas visible en los hombros, el modo en que sus ojos evitaban detenerse en uno solo de ellos por demasiado tiempo.

—Quédate cerca hoy —le dijo a Naruto, sin apartar la vista de ella—. Vamos a exigirles más esta vez.

—¿Ah, sí? ¿Nueva ronda de tortura? —Naruto se rió, ajeno al verdadero motivo tras la decisión.

Neji no respondió de inmediato. Solo siguió observando a Sakura, como si pudiera verla más allá de la piel. Más allá de esa fachada perfecta que ella insistía en mantener.

Hoy no te voy a preguntar qué te pasa, pensó. Hoy solo voy a empujarte lo suficiente para que dejes de fingir.

Y entonces, sin más, caminó hacia el centro del patio.

—Muévanse. Hideki y Kakashi ya están esperándonos

Llegaron al patio cuando el sol comenzaba a asomar por encima del muro oriental, Kakashi y Hideki los observaron. Ambos estaban de pie junto al pequeño almacén donde solían guardar el equipo de entrenamiento, conversando en voz baja.

Destinados (NejiSaku)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora