El campo de batalla era una tormenta de escarcha y caos. La helada superficie de Jötunheim, normalmente silente y majestuosa, se había convertido en un cráter rugiente de energía elemental. Cada aliento se congelaba al instante, cada pisada se deshacía bajo un viento traicionero que arrastraba la voluntad de los más débiles.
En medio de esa tundra infernal, se erguía una figura imponente, tan alta como una montaña y tan antigua como los mitos olvidados: Glacivar, el líder de los Jötun, había tomado su forma primordial, aquella que incluso los antiguos Ases evitaban provocar.
El cielo mismo parecía negarse a brillar sobre él. Sus extremidades estaban formadas por capas de hielo comprimido durante siglos, su aliento era niebla viva que devoraba la energía mágica, y sus ojos.. dos pozos de furia azul que emitían ondas de presión gélida con solo mirar.
La Tierra de los Gigantes no solo lo acogía, lo fortalecía. Jötunheim le otorgaba su bendición, amplificando su poder como un dios en su trono. Frente a él, resistiendo contra toda lógica, estaban Rossweisse, Ingvild, Nyx y Valí. Cuatro pilares de poder, distintos entre sí, unidos por la causa.
Rossweisse, con su espada, recitaba hechizos que retumbaban como truenos en las montañas, pero incluso su magia parecía apenas arañar la coraza del gigante.
Ingvild, rodeada por una danza de notas cristalinas, invocaba con desesperación el poder del océano. El aura del Leviathan se manifestaba tras ella, imponente, pero las olas se congelaban antes de alcanzar su objetivo. Su canto se quebraba a cada instante, pero sus ojos no se apartaban de la amenaza.
Nyx, la Diosa de la Noche, era una sombra vibrante en medio del blanco omnipresente. Invocaba oscuridad tan pura que tragaba la luz, pero Glacivar resistía. Sus ataques eran absorbidos por el aura gélida del titán, como si la noche misma no tuviera cabida en ese mundo.
Y Valí, con su armadura blanca fracturada por los impactos, su puño aún ardía con energía demoniaca. Cada choque con Glacivar lo hacía retroceder unos pasos, pero a costa de sus huesos, a costa de su sangre. Su resistencia rayaba lo sobre humano.
A un costado de la llanura, semienterrados entre escombros de hielo y magia, yacían Lavinia, Tobio, Arthur, Le Fay y Raynare. Todos inconscientes, sus cuerpos protegidos por los últimos hechizos defensivos que Nyx y Rossweise habían logrado lanzar antes del primer embate total.
Sus rostros eran un recordatorio cruel: no podían darlo todo. Cada movimiento, cada táctica, debía equilibrarse entre la ofensiva desesperada y la defensa inevitable. Protegerlos era un ancla y también una debilidad.
Rossweisse apretó los dientes, el sudor congelado resbalando por su frente.
- ¡Esto es una locura! ¡No podemos hacerle frente aquí.. no mientras él tenga a Jötunheim de su lado!
Ingvild respondió entre jadeos, su vestido empapado y agrietado por la escarcha.
- Entonces.. ¡Tendremos que quitárselo!
Valí no dijo nada. Su mirada estaba clavada en el gigante, leyendo sus movimientos, esperando la mínima fisura. Nyx alzó sus manos, canalizando un hechizo prohibido.
- Esto no es una batalla.. es una sentencia. Si él gana aquí, el mundo al que queremos volver no existirá más.
El crujido del hielo resonó como un latido fúnebre. Glacivar avanzaba, y con cada paso el mundo temblaba. Pero ninguno de ellos retrocedió.
Y en lo alto del cielo, invisible aún para ellos, un destello surcaba la Tormenta. El aire se volvió un grito helado y el tiempo pareció detenerse un segundo antes del impacto y luego, todo fue brutalidad.
Glacivar, sin advertencia ni piedad, se impulsó hacia adelante. Su cuerpo titánico se movía con una velocidad impensable para su tamaño, como si la masa de hielo y magia que lo componía flotara por voluntad del odio puro. El suelo tembló, y con un gesto de su brazo descomunal, un alud de estalactitas se alzó como una muralla viva, obligando a Valí y Nyx a separarse de las demás.
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El Tesoro del Infinito.
FanfictionEn un mundo donde la soledad y la tristeza habían tejido las sombras que cubrían la vida de una mujer, la llegada de una luz inesperada supuso un cambio profundo en su existencia. Había aceptado resignadamente que la eternidad sería su compañera, un...
