¡Nos Vamos al Inframundo!

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Los primeros rayos del amanecer se filtraron entre los árboles del bosque de Asgard, extendiéndose hasta la residencia Ouroboros. Aquel lugar, oculto entre la naturaleza y envuelto en un aura mística, despertaba lentamente. Las hojas se mecían suavemente con la brisa matutina y el canto de las aves divinas se mezclaba con el murmullo del agua cercana. Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Una de las habitaciones del segundo piso permanecía en penumbra, las cortinas apenas permitían el paso de la luz. Pero no lo suficiente para impedir que un haz de sol travieso atravesara justo la rendija que no debía y fuera a dar en el rostro de quien dormía allí.

Cierto castaño entreabrió los ojos con expresión cansada, y una mueca de fastidio se dibujó en su rostro.

- Molesto sol...

Murmuró con voz baja, grave, arrastrada por el sueño. Lentamente se incorporó, su cabello oscuro cayendo sobre su rostro mientras observaba el techo con desgano. La paz del amanecer no le reconfortaba, le resultaba aburrida. Su mirada bicolor, fría e insondable, se desplazó hacia la ventana, donde los rayos del sol se filtraban con descaro.

- Tan brillante. Tan insistente.. como la vida misma.

El silencio de la habitación solo era interrumpido por el leve crujido de la madera al moverse. La cama a medio desorden, un abrigo colgado de forma descuidada, un par de libros y una espada envuelta descansando en la esquina; todo mantenía esa aura de soledad y orden casual que tanto lo caracterizaba.

El bajó la mirada hacia el reloj de la pared, las agujas marcaban las 9:00 a.m.

- Hmph.. ¿Tan tarde ya? Quizás debería quedarme aquí un par de horas más.

Estiró el brazo lentamente, como si el simple acto de moverse le resultara innecesario. En el fondo, disfrutaba de aquella calma. Era una soledad que no dolía, una quietud perfecta donde nadie interrumpía sus pensamientos. Si pudiera decidir, jamás bajaría.

Pero entonces, su oído captó una voz conocida. Una voz femenina, suave pero firme, al otro lado de la puerta.

- Tesoro, ¿Ya despertaste? El desayuno está listo.

Llamó su madre, con su tono sereno y maternal característico. Él ladeó la cabeza con una mezcla de respeto y resignación. Sabía que, a pesar de todo, no podía ignorarla. Ella no era una simple mujer, era la Diosa del Infinito. Y aunque nunca lo admitiría en voz alta, era la única a quien verdaderamente respetaba.

- He despertado, madre.

Respondió, con voz calmada y tono neutro, carente de emoción pero sin rastro de desobediencia.

- Bajaré en unos minutos.

Del otro lado de la puerta, la voz de Ophis volvió a sonar, con su tranquila maternal:

- No tardes. El té se enfría rápido.

El suspiró y pasó una mano por su rostro.

- El té y el silencio, ambos cosas que se pierden rápido.

El suelo de madera crujió bajo sus pies desnudos mientras caminaba hacia la ventana. Abrió las cortinas con un gesto perezoso, y la luz del bosque inundó la habitación.

El paisaje era hermoso, digno de una pintura divina: montañas cubiertas de nieve al fondo, los árboles eternos de Asgard danzando con el viento y el leve aroma del pan recién horneado flotando hasta él.

Sus ojos se posaron en ese horizonte un momento. En silencio, reflexionando sin querer.

- "Mi otro yo, aún duerme dentro. Qué irónico. Yo, que deseaba entender su mundo, soy quien vive ahora en su lugar."

El Tesoro del Infinito. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora