En un mundo donde la soledad y la tristeza habían tejido las sombras que cubrían la vida de una mujer, la llegada de una luz inesperada supuso un cambio profundo en su existencia. Había aceptado resignadamente que la eternidad sería su compañera, un...
En el silencio helado de una noche profunda, donde la luna parecía un diamante cortado sobre un manto de terciopelo negro, una hermosa mujer recorría los pasillos de su hogar. Su cabello negro como la obsidiana caía en cascada sobre su espalda, sus ojos violeta, profundos como el crepúsculo, reflejaban una luz suave y melancólica.
Su tez era pálida como el mármol bajo la luna, y su cuerpo, maduro y con curvas generosas, se movía con una gracia silenciosa bajo el ceñido pijama de ceda blanca que parecía brillar en la penumbra.
Tarareaba una canción de cuna, una melodía que no se escuchaba en el mundo mortal desde hacía siglos. Sus pasos descalzos no hacían ruido en la madera pulida mientras pasaba por una gran ventana que daba al patio trasero.
Allí, bajo un manto de nieve prístina que brillaba bajo la luz de la luna, había una pequeña cabaña. No era una estructura de madera ordinaria; era un refugio mágico, con humo saliendo de su chimenea y una pequeña linterna colgada de la puerta, que seguía encendida, arrojando un cálido resplandor dorado sobre la nieve circundante.
- ¿Mnh?
La mujer se detuvo, una sonrisa divertida y maternal dibujándose en sus labios. Se rio suavemente, un sonido como campanas de cristal. Negó con la cabeza, sus ojos violetas llenos de una ternura infinita.
- Estos niños...
Susurró para sí misma, con una mezcla de exasperación y amor incondicional. Con un suspiro que contenía más alegría que cansancio, descendió por la escalera, su silueta blanca un fantasma en la noche.
La casa no era una mansión, sino una gran cabaña acogedora, anidada en el corazón de un bosque silencioso. Abrió la puerta principal, sintiendo el aire frío y nítido en su piel, y caminó por la nieve, sus pies descalzos dejando unas pequeñas huellas que se llenaban lentamente.
Al acercarse a la cabaña más pequeña, las voces se volvieron más claras. Eran risas, susurros y el murmullo de historias contadas en voz baja. Eran las voces de la inocencia, de la juventud eterna. Con una sonrisa traviesa, abrió la puerta de golpe, revelando el interior cálido y acogedor.
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- ¡Aja! ¿Qué tenemos aquí? ¿Unos pequeñines aún despiertos cuando la luna ya está alta en el cielo?
Dentro, ocho pequeños cuerpos se sobresaltaron. Eran cinco niños y tres niñas, un total de ocho maravillas, todos ellos con rasgos que recordaban a diferentes linajes, pero unidos por el mismo vínculo de familia y amor.
Estaban sentados en círculo en el suelo, con mantas y cojines, y a los pies de uno de los niños mayores, había un libro de cuentos abierto.
Al verla en la puerta, todos los ojos se abrieron como platos, y por un segundo, hubo un silencio de culpabilidad. Luego, como una ola, todos se levantaron y, en un coro perfecto y sonoro, gritaron con todo el amor y la alegría del mundo: