Príncipe.

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El sol se alzaba con majestad sobre los cielos de Asgard, coloreando el cielo con tonos de miel, oro y carmesí

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El sol se alzaba con majestad sobre los cielos de Asgard, coloreando el cielo con tonos de miel, oro y carmesí. Los pájaros entonaban suaves cantos sobre las copas de los árboles, el viento fresco acariciaba las flores en la pradera, y todo parecía indicar que sería un día hermoso y tranquilo.

Al menos en cualquier lugar que no fuera la cabaña del bosque. Porque allí, donde vivían los héroes, las Diosas y un Dragón con tendencias escandalosas, la tensión era tan espesa como sopa de fideos pegajosa.

Dentro del comedor de la cabaña, el ambiente era todo menos alegre. La chimenea crepitaba sin ánimo, los cuadros colgaban en silencio, y hasta la mesa de madera parecía incómoda.

Sentado en una de las sillas principales, con una postura recta, Issei o lo que todos creían que era Issei, comía con movimientos lentos, calculados, sin decir una palabra más de lo necesario. Cada bocado era seguido por un sorbo de té caliente y luego otro y otro. Sin levantar la mirada, murmuró:

- Mi taza está vacía.

Su voz fue tan monótona, tan carente de emoción, que hasta la tetera tembló sobre la bandeja. Y entonces, Rojo apareció desde la cocina, vestido completamente como un mayordomo, con moño, guantes blancos y una expresión de pura resignación en su rostro.

- Sí, joven amo. Inmediatamente, joven amo.

Su voz era un susurro robótico mientras rellenaba con precisión militar la taza del chico.

Se inclinó ceremoniosamente, manteniendo su posición como si de un castillo real se tratara. En su cabeza, sin embargo, resonaban las palabras...

- "¿Qué está pasando con este niño? ¿Dónde quedó mi sobrino bromista que se robaba los panqueques cuando creía que nadie lo veía?"

A pocos pasos de distancia, Ophis entró en escena con toda la gracia maternal que la caracterizaba, solo que ahora con una expresión preocupada y con un enorme plato en sus manos.

- ¡Bebéee! Hice tus favoritas: ¡Galletitas de chocolate, de nuez, de matcha y de.. ay, bueno, todas las dulces!

Sus ojos brillaban como si llevara un tesoro en las manos.

- Podemos comerlas juntos, como antes.. ¿Recuerdas? Tú me dabas una y yo te daba otra y luego...

- No.

La palabra fue seca, cortante como una cuchilla y más gélida que las nieves eternas de Niflheim. Ophis parpadeó.

- ¿Eh..?

- No quiero dulces. Me repugna su olor empalagoso y su textura arenosa. Aléjalas.

¡CLANG! El plato cayó de sus manos.
Las galletas rebotaron sobre el suelo en cámara lenta. Una quedó atrapada entre la alfombra y la pata de la mesa. Otra rodó hacia la chimenea como si huyera del rechazo. Ophis dio un paso atrás, como si la hubieran abofeteado.

El Tesoro del Infinito. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora