En un mundo donde la soledad y la tristeza habían tejido las sombras que cubrían la vida de una mujer, la llegada de una luz inesperada supuso un cambio profundo en su existencia. Había aceptado resignadamente que la eternidad sería su compañera, un...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
En lo alto del cielo nocturno, suspendido sobre la antigua ciudad de Kioto, se erigía el majestuoso palacio de Amaterasu. Un lugar sagrado, más allá de la vista y el alcance de los mortales, oculto entre las nubes más puras y blancas, donde la luz del sol nunca cesaba.
Desde las alturas, su radiante presencia bañaba la tierra en una suave y cálida luminosidad, incluso durante las horas más oscuras de la noche. Este era un lugar donde lo divino y lo etéreo se unían, donde el tiempo parecía detenerse y donde las estrellas brillaban más cerca que en cualquier otro lugar del mundo.
El palacio mismo era una maravilla celestial, construido con materiales que ningún mortal podría concebir. Columnas de luz sólida sostenían techos de cristal dorado, que reflejaban y amplificaban la luz solar, creando un resplandor constante que envolvía todo el entorno.
Jardines colgantes repletos de flores que nunca se marchitaban adornaban los balcones, mientras que ríos de luz líquida fluían por los pasillos, alimentados directamente por el sol. Las paredes, hechas de un mármol tan blanco como la primera luz del amanecer, parecían estar vivas, pulsando con una energía cálida y vibrante que resonaba con el poder de la Diosa del Sol.
Sin embargo, esa noche era diferente. A pesar de la brillantez natural del palacio, había una inquietud palpable en el aire, como si incluso las estrellas estuvieran conteniendo el aliento.
En la habitación más alta, la cumbre del palacio donde el sol nacía y se ponía cada día, un resplandor dorado titilaba de manera irregular, acompañado por gritos ahogados y quejidos de dolor que resonaban por los corredores.
- ¡Ahh! ¡No puedo más..! ¡Duele tanto!
- Respira hondo, respira... Vamos, empuja cuando sientas la contracción.
- ¡Ahhh! ¡No, no, no! ¡Es demasiado, no puedo..!
Estos sonidos, tan fuera de lugar en un reino donde la paz y la armonía reinaban supremas, emanaban del aposento de Amaterasu. La habitación, normalmente inundada por una luz dorada constante, ahora parecía palidecer y oscurecerse por momentos, como si la misma energía que alimentaba el palacio estuviera fluctuando.
- ¡Sí puedes! ¡Ya casi lo tienes! ¡Empuja otra vez!
- ¡Aaahhh! ¡No puedo.. duele tanto! ¡Sáquenlo ya, por favor!
- Tranquila, estás haciéndolo bien. Respira profundo, ya falta poco. ¡Empuja con todas tus fuerzas!
- ¡Ahhhhhh! ¡Lo siento venir! ¡Ahhhhhh!
Al centro de la estancia, en un lecho hecho de nubes doradas y luz líquida, yacía Amaterasu, la Diosa del Sol, en medio de un proceso que era tan milagroso como doloroso. Sus quejidos eran intensos, reverberando por el palacio, una mezcla de angustia y esfuerzo que solo las deidades más poderosas podían soportar.
Amaterasu, siempre majestuosa, ahora estaba envuelta en un sudor perlado, su largo cabello negro desparramado sobre las sábanas resplandecientes, mientras su rostro mostraba una mezcla de determinación y sufrimiento. Sus ojos, normalmente brillantes como el mismo sol, estaban ahora nublados por la agonía, mientras su cuerpo experimentaba algo que nunca antes había conocido: el dolor del parto.