En un mundo donde la soledad y la tristeza habían tejido las sombras que cubrían la vida de una mujer, la llegada de una luz inesperada supuso un cambio profundo en su existencia. Había aceptado resignadamente que la eternidad sería su compañera, un...
El carruaje avanzaba con una lentitud insultante, deslizándose sobre un sendero polvoriento que serpenteaba a través de los dominios del Clan Gremory. Desde el exterior, la carroza era una obra de arte, una manifestación de poder y riqueza con sus acabados en oro oscuro y sus runas protectoras que brillaban con un fulgor carmesí bajo el cielo perpetuamente crepuscular del Inframundo.
Sin embargo, para el joven que viajaba en su interior, no era más que una jaula lujosa y aburrida. El Príncipe, como en ese momento se hacía llamar la parte de Issei que gobernaba el poder del Infinito, mantenía la postura erguida e inmóvil.
Su rostro, de una belleza afilada y casi inhumana, estaba desprovisto de cualquier emoción. Sus ojos, eterocromaticos observaban el paisaje de árboles retorcidos y montañas lejanas con una indiferencia total.
No veía belleza en la silueta de la fortaleza Gremory que se alzaba en la horizonte, ni sentía la familiar calidez del territorio de su madre adoptiva. Solo veía formas, colores y una repetición monótona que no hacía sino aumentar su fastidio.
- Haaaaa...
El suspiro que escapó de sus labios fue apenas audible, pero cargado de un desdén gélido. El viaje era una pérdida de tiempo. La compañía, una tortura. Su mirada se desvió lentamente del paisaje inanimado para posarse en las ocupantes del carruaje, un estudio viviente de todo lo que consideraba molesto.
Frente a él, la Diosa Nyx descansaba emanando una paz que él encontraba irritantemente serena. A su lado, Rossweise miraba por la ventana, casi perdida en sus pensamientos. Y justo delante, Ingvild, le sonreía.
Luego, su atención se desplazó a su lado. Sentada a su izquierda, Lavinia mantenía una expresión pensativa, sus dedos jugueteando con un hechizo de hielo latente en su palma, una distracción silenciosa que al menos no interrumpía su ensimismamiento.
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Y a su derecha, la causa principal de su actual martirio, Rias Gremory, la anfitriona de este viaje, parecía disfrutar del trayecto con una sonrisa satisfecha, ajena por completo a su sufrimiento.
El aburrimiento se estaba convirtiendo en una aguda punzada de irritación. El silencio se había vuelto denso, pesado, y el ritmo constante de las ruedas sobre el camino era una percusión infernal que martilleaba su paciencia. No podía soportarlo un segundo más.
Finalmente, rompió el silencio. Su voz, cuando habló, no tenía la calidez habitual de Issei. Era plana, desprovista de inflexión y tan fría como el espacio entre estrellas.
- Roja...
La pelirroja se giró, ligeramente sorprendida por el tono.
- ¿Sí, Ise? ¿Hay algún problema?
Sus ojos se clavaron en los de ella, ignorando por completo a las demás que ahora lo miraban con atención.
- ¿Cuánto rayos falta para llegar a esa mansión tuya?