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La videollamada con la familia Pines era, como siempre, un caos tierno y bullicioso.

—¡Ford! ¡Ya se ve, ya se ve! —decía su madre, intentando acomodar el ángulo de la cámara mientras Mabel y Dipper brincaban al fondo haciendo ruidos de dinosaurios.

—¡Hola, Ford! ¡Mira, soy un velociraptor! —gritó Mabel, sacudiendo un muñeco con lentejuelas.

—No, Mabel, ¡yo soy el raptor! ¡Tú eres el meteorito! —corregía Dipper, muy indignado.

Ford se reía con cariño. Su madre, como siempre, los miraba con paciencia infinita, pero al ver el rostro de su hijo mayor en la pantalla, la expresión le cambió a una más suave. Una mezcla de orgullo, amor, y ese algo que sólo las madres saben expresar.

—¿Cómo estás, mi amor? ¿Y cómo va todo por la universidad?

—Bien, ma —respondió Ford, acomodándose los lentes —. Las clases van genial. Mucha carga, muchos proyectos, pero todo bajo control. Y, bueno… estoy feliz.

—¿Tiene que ver con ese muchacho de ojos amarillos? —preguntó la madre con un guiño.

Ford se rascó la nuca, algo colorado.

—Sí, bueno. Bill. Él ha sido una parte importante de este semestre.

—Eso podemos notarlo muy bien, cariño —dijo su madre—. Se ven perfectos juntos. Él te hace bien.

Ford bajó la mirada con una sonrisa tímida. Era cierto. Estar con Bill le hacía bien. Lo había ayudado a descubrir partes de sí que nunca había sabido nombrar.

Entonces, su madre volvió al tema central.

—¿Y qué vas a hacer para el Día de Gracias? ¿Vendrás a casa?

—Sí, esa es la idea. Ya hablé con el coordinador de la carrera. Me voy unos días.

—¡Entonces tráelo! —exclamó su madre de pronto—. ¡Queremos conocer a Bill!

—Que venga contigo, por favor.— Exclamó ahora su padre— Estoy seguro de que tu madre ya quiere cocinar algo especial para los dos.

—¡Sí, tráelo, Ford! —gritó su hermano mientras acercaba su cara a la cámara —. ¡Queremos ver si es tan raro como tú!

—¡Stanley! —reclamó su madre, aunque reía también.

Ford rió y asintió suavemente.

—Le preguntaré.

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Esa misma tarde, Ford se encontró con Bill en su lugar favorito: el viejo roble, ese de copa amplia en el jardín trasero del campus. Bill ya estaba allí cuando llegó, sentado con las piernas cruzadas sobre una manta, leyendo un cuaderno. Al notar su presencia, levantó la vista y sonrió, ese tipo de sonrisa que le calentaba el pecho.

Ford se sentó a su lado y, como ya era casi costumbre, acarició con suavidad el lunar que Bill tenía en la mejilla izquierda. Lo amaba. Era como una pequeña firma del universo diciéndole “esto es real”.

—¿Qué estudias, amor? —preguntó Ford, dejando un beso corto en su frente.

—Las teorías psicodinámicas —respondió Bill, dejándose caer de espaldas sobre la manta—. Toda esa maraña de deseos, impulsos reprimidos, traumas y estructuras del ego. ¿Sabías que Freud estaba convencido de que todo se trata de sexo?

—Sí —dijo Ford, rodando los ojos con una sonrisa—. Lo mencionas cada vez que me hablas de esa materia.

Bill se rió.

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