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Bill se despertó lentamente, como si su cuerpo aún no quisiera dejar el abrigo de las mantas ni la calidez de la habitación. Parpadeó un par de veces, sintiendo cómo la luz matinal acariciaba la habitación en una tibia invitación a volver al mundo real. Durante unos segundos, no recordó nada. Solo había una bruma tibia, somnolienta. Luego, pequeños fragmentos del fin de semana lo alcanzaron: miradas, caricias, gemidos apagados, manos firmes… Ford.

Llevó la mano a su cuello con cierta urgencia, sus dedos temblando apenas. Palpó su piel con cuidado, buscando una marca. Un indicio de que había sido reclamado por completo durante el celo. Pero no… su piel estaba intacta. Ni rastro de mordida. Alivio. Sí, eso sintió primero. Pero justo detrás, vino la decepción, sutil pero punzante. Había una parte de él, más omega que humano, que deseaba esa marca. Que anhelaba pertenecerle. A él, solo a él.

—¿Ford? —llamó en voz baja. El cuarto estaba en silencio, y su nariz no captaba ese aroma tan característico del alfa.

Su pecho se encogió un poco, pero justo cuando iba a levantarse, la puerta se abrió. Ford entró cargando un par de bolsas, el cabello algo revuelto y la mirada alerta. Bill apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando su corazón —y su aroma— respondieron. Dulce. Más dulce de lo habitual. Su omega, feliz.

—Estás despierto —dijo Ford con una sonrisa que aligeró todo en la habitación. Se acercó a la cama y se sentó a su lado, dejando las bolsas en el piso por un momento—. ¿Te sientes bien? ¿No estás raro? ¿Algún dolor de cabeza? ¿Algún otro dolor?

Bill se quedó observándolo, sintiendo una calidez en el pecho que le subió por la garganta. Nadie lo miraba así. Nadie lo tocaba así. Se inclinó hacia él y lo besó con ternura, lento, como si dijera “gracias” con los labios.

Al separarse, Bill ante la mirada expectante de su novio, respondió en voz baja:

—No siento dolor, solo un poco entumesido, estoy bien. ¿Dónde estabas?

La pregunta pareció encender una chispa en Ford, quien se incorporó y se dirigió a las bolsas.

—Fui a la farmacia y a comprar algunas cosas que podrían ayudarte —dijo mientras sacaba una botella de agua y se la ofrecía. Bill la aceptó con una sonrisa y bebió.

Luego Ford sacó una bolsa de papel con comida caliente y un pequeño frasco con analgésicos por su sentía algún dolor. Pero lo más llamativo fue una pequeña caja que dejó al final, con mucho cuidado.

—Esto… —dijo mientras abría la cajita— es un supresor de emergencia. Para omegas después del celo. Ayuda a evitar embarazos no planeados si… bueno, si en el momento no se tomaron precauciones.

Bill lo miró en silencio, sintiendo cómo su pecho se apretaba un poco. No recordaba con claridad todo lo que pasó durante su celo. Solo la sensación de calor, deseo, y la seguridad de Ford cerca. Nada más.

—No estoy seguro si lo necesitamos —dijo Ford, algo incómodo—. Pero, ante la duda, preferí prevenir. Los preservativos que compre no usamos muchos, y no recuerdo mucho sobre lo que pasó, y no creo que nuestros lobos hayan sido cuidadosos —dijo riéndose, luego continuó con una leve sonrisa— La pastilla es fuerte, por eso quiero que la tomes después de ducharte y comer algo, ¿de acuerdo?

Bill asintió. Con ayuda de Ford, fue al baño. Se duchó despacio, permitiendo que el agua se llevara lo que quedaba del fin de semana: el sudor, el aroma embriagador del celo, y esa vulnerabilidad pegada a su piel. Cuando salió, se vio frente al espejo, estaba un poco magullado, marcas de besos por su torso, de manos en sus muñecas y caderas, al parecer la pasaron bien, lastima que no puede recordar nada. Encontró la ropa que Ford había elegido para él. Sonrió, al ver que era algo básico, un pantalón negro, una camiseta blanca y su ropa interior, nada más, lo arreglaría con sus botines y una chaqueta, penso vistiéndose con calma.

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