Era Viernes, faltaba poco para el Día de Gracias y Pyronica ya estaba al borde de la desesperación. Se removía inquieta en su silla del comedor de la residencia universitaria, mientras Bill, que estaba recogiendo unas cosas en su mochila, hablaba sobre su visita relámpago a casa.
—Quiero hablar con ellos antes de irme con Ford —decía el omega rubio, con tono suave, se notaba en ella la culpa que le nacía al no poder ayudar esta vez a su querida compañera—. Lo siento.
—¡Claro, claro! Yo entiendo. Anda, ve, arregla tu vida perfecta —resopló Pyronica, exagerando—. Pero me abandonas justo cuando tengo que ir a recoger a la personificación de la paz mundial y el talento puro al aeropuerto. ¿Sabes lo que eso le hace a mi ego?
Bill solo se rió. Se acercó para darle un beso en la mejilla.
—No seas dramática. Solo vas por ella, sonríes, habla con ella, intenta ser amable y la dejas en tu casa. Luego te escapas de nuevo.
—Fácil para ti decirlo. Tú no tienes una versión alternativa perfecta de ti misma que estudia arte en Alemania y que huele como si las flores y los libros antiguos tuvieran un hijo —masculló, cruzándose de brazos. —Realmente no quiero ir al aeropuerto.
Justo en ese momento, Fiddleford pasó por el pasillo de la residencia con una carpeta de planos bajo el brazo. Se detuvo al escuchar la conversación.
—¿Aeropuerto? —preguntó curioso.
Pyronica alzó una ceja, con gesto desafiante.
—Sí. Mi hermana gemela regresa. Hydronica. Viene por el Día de Gracias.
—¿Y vas a buscarla?
Ella se encogió de hombros.
—Ese es el plan. No quiero ir sola, pero Bill me abandona por sus papás, como buen hijo.
Fiddleford sonrió con simpatía, ajustándose los lentes.
—Bueno… si no quieres ir sola, yo podría acompañarte. Me queda libre esta tarde.
La omega lo miró, parpadeando.
Intentando no parecer necesitada. No parecer débil. No parecer que quiere pasar tiempo con él más de la cuenta. Y que no le emociona nada el que él quiera acompañarla.
—¿Seguro, segurísimo? —dijo, fingiendo desinterés.
—Totalmente. Además, nunca me niego a una buena aventura universitaria con una amiga.
Y así fue como terminaron, una hora después, en el costoso auto de la chica rumbo al aeropuerto. El cielo se teñía de tonos anaranjados. Iban en silencio para nada incómodo, aveces la conversación fluía ligera, con risas entre curvas y semáforos, hasta que el chico, tras un silencio, preguntó:
—¿Y cómo es ella?
Pyronica por un momento giró la vista de la carretera hacia a él, pensando cómo responder.
Podría haber dicho lo de siempre: que era una presumida, que todos la amaban sin razón, que siempre había sido la "perfecta" en reuniones familiares, aunque sus padres siempre las trataran igual, ella sentía la diferencia.
Pero no. Esta vez no quería sonar mezquina. No frente a él.
—Es… buena persona —comenzó con voz medida—. Brillante. Muy dulce. A veces demasiado. Siempre tiene esa sonrisa que te hace sentir culpable de no sonreír tú también. Y es talentosa. Y culta. Muy elegante y muy bonita, demasiado. Y, bueno, es mi hermana.
—Suena como alguien interesante.
—Sí. Supongo que sí —murmuró. Se removió en el asiento, incómoda—. Solo… somos muy diferentes. Ella encaja. Yo… hago ruido.
Fiddleford la miró de reojo, con una expresión suave.
—A mí me gusta el ruido —dijo simplemente.
Pyronica se le quedó mirando hasta que recordó que debía mirar al frente. No respondió. Pero el calor que sintió en el pecho fue casi insoportable.
Al llegar al aeropuerto, no esperaron mucho para escuchar una voz sintética anunciando la llegada del vuelo internacional. Ambos se dirigieron a la puerta de salida. Pyronica se cruzó de brazos, impaciente, mientras su pie golpeteaba contra el suelo.
—¿Te pone nerviosa verla? —preguntó Fiddleford.
—No… bueno, sí. No lo sé. Es que… ella siempre parece estar en control. Y yo siempre siento que estoy estallando por dentro. Además que no la he visto hace tiempo.
Pero antes de que él pudiera responder, las puertas se abrieron y el grupo de pasajeros comenzó a salir.
Y ahí estaba.
Hydronica.
Rubia, piel clara como leche, con una trenza suelta sobre el hombro. Llevaba un abrigo gris perla, y cargaba una maleta de ruedas con dibujos de líneas minimalistas. Su aroma era dulce, pero no empalagoso. Vainilla con almendras, elegante pero acogedor.
Al ver a Pyronica, su rostro se iluminó. Sonrió con calidez auténtica. Caminó directo a ella y la abrazó con fuerza.
—¡Pyro! ¡Qué hermosa estás! ¡Me encanta tu cabello!
—Y tú sigues pareciendo qué saliste de un comercial de perfume europeo —gruñó Pyronica, pero le devolvió el abrazo. Una sonrisa incómoda se le dibujó en el rostro. No tanto por la presencia de su hermana, aunque no lo crean ella la quiere mucho, y de verdad la extraño, pero el sentirse desplazada afecta a cualquiera, se sentía asi, mas que todo porque había alguien más observando, atento a cualquier movimiento. Pero intento relajarse y seguir el consejo de Bill.
—Oh, claro —dijo luego, girándose hacia Fiddleford—. Él es Fiddleford. Compañero de clases y mi amigo.
Fiddleford se adelantó con una sonrisa educada, extendiéndole la mano.
—Un gusto, Hydronica. He oído cosas buenas de ti.
Hydronica lo miró. Correspondió el apretón y por un momento sus ojos se encontraron. Un cruce sutil, callado, pero eléctrico.
—El gusto es mío —respondió ella, con esa voz suave, encantadora.
Pyronica al querer terminar rápido el encuentro, los separó y los dirigió hacia la salida. Sin percatarse qué el apretón de manos duro mucho más tiempo del que debería. Salieron del aeropuerto y tomaron el camino hacia la casa familiar. Fiddleford y Pyronica solo dejarían a Hydronica allí, y luego regresarían a la residencia.
Durante el viaje, las gemelas intercambiaban comentarios con una mezcla de cariño y pequeñas punzadas pasivo-agresivas que solo los hermanos entienden.
Y en el asiento del copiloto, Hydronica observó a Fiddleford por el espejo retrovisor.
Él también la miró.
Y algo, se deslizó entre ambos.
Pyronica, aún sin sospechar nada, hablaba animadamente sobre lo complicado que era elegir postres de Acción de Gracias cuando uno quiere mantener la cintura.
Nadie lo sabía todavía, pero algo había cambiado en ese aeropuerto.
Y no había vuelta atrás.
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Omega de oro
RomanceEn su primer día en la universidad, Ford accidentalmente derramó café sobre un desconocido. El extraño, con una sonrisa amable, aceptó el pañuelo ofrecido y se fue. Al ver su rostro hermoso, Ford quedó profundamente impresionado. En ese instante, n...
