Mala hierva nunca muere

19 2 2
                                        


A veces es mejor no decir nada

Y fue cuando el olor a metálico empezó a apoderarse de mis fosas nasales, de cuando estuve en medio de un sueño que tal vez hubiese sido de los buenos. Desperté tan de golpe que no estaba ni consciente de que estaba dormida, hasta que me di cuenta de lo que estaba pasando alrededor: mi hermana llamando a emergencias, mi madre entrando y saliendo del cuarto tan agitada que solo necesitaba empujar esa puerta, la misma de la que mi hermano intentó quitarle el cerrojo, pero al parecer fue imposible... para darme cuenta de lo que estaba pasando.
Mi padre estaba a punto de morir. Oh, no.

Mi hermano le sujetaba con una gran fuerza, como si temiese que en cualquier momento se lo arrebataran de sus brazos. Mi padre estaba sangrando, con los ojos en blanco, y no pudo evitar poner todo su peso en su hijo menor, como si de hacerlo supiese que iban a caer los dos. Ahí me di cuenta del porqué de todo y corrí hacia mi hermana, metiendo presión para que llamase a la ambulancia. 

Mientras ella les informaba de nuestra dirección, no tuve más remedio que ir hacia mi padre y fijarme en que no estaba fingiendo, que no era solo una broma de todas las que solía hacernos, y percatarme de que tenía que estar para él.
Porque sí, mi padre estaba muriendo, y os juro —por lo que más quiero— que sentí como vi esa luz por él.

Así que decidí calmarme, y mientras todos lloraban, parecía que todo sucedía a cámara lenta. Sinceramente, todo estaba bastante bien recreado. Como la escena de cuando la ambulancia pasó a estar fuera, a estar dentro de la casa, viendo cómo estaba mi padre, sus acciones, sus rezos, y cómo mi padre intentaba echarlos diciendo un par de oraciones. Pero, de repente, todo se paró.

Cuando vimos cómo sacaban una aguja para calmarle, todos estuvimos atentos a cualquier movimiento extraño.
No es para tanto, ¿no?

Pero, a decir verdad, lo más desconcertante fue la mirada de cada uno: mi hermana descojonándose en el baño, preguntando cómo llegamos a pasar por algo como esto; mi hermano atento a cualquier palabra que le decía el doctor; mi madre llorando para que no la dejase sola con cuatro niños insoportables por delante.

Y en cuanto a mí... tal vez suene raro, pero me mantuve inmóvil, actuando y observando a la vez, como si de hacerlo me asegurara que luego esto iba a ser escrito en cualquier momento, y se necesitase de alguien que estuviese pendiente de las acciones del resto para poder llegar a crear un guion digno de algo tan extraño como esto.

Tal vez debería sentirme mal, pero soy artista. Hay que aprovechar cada suceso de la vida. Y sobre todo, cuando a lo que le ponía el ojo tenía el trauma asegurado. ¿Cómo no sentirme bien después de expresarlo? Si realmente esto es un arte abstracto. La verdad es que no lo sé, pero no me encuentro llorando. Así que... no sé.

De alguna manera tenía que asimilar que mi padre se estaba muriendo y yo, mientras tanto, planeando cómo describir la escena que estaba pasando.

Porque sí, madre, me siento culpable, pero no es para tanto. A día de hoy papá sigue estando enfermo, pero eso no quiere decir que no siga vivo. Y como dijo mi hermano entre llantos y con un miedo apoderándose de mí cada vez que veía a mi madre llorando:

—Mala hierba nunca muere.

Y sí, ese es mi padre. A veces me sorprende la cantidad de cosas que le habrán pasado y, a pesar de eso,  ¿Dónde está? Pues aquí.

Pero ya que me tomo esto con algo de humor, os confieso que no pude evitar no llorar y sentir angustia por cada una de las palabras que no le llegué a hacer saber antes de lo sucedido. Porque sabía que no se había ido. Pero supuse que tenía que decir unas palabras por si acaso, por si le perdía y todo eso, ya sabes. Nunca se sabe, y menos con mi padre.

Porque ahora que se encuentra mejor, me doy cuenta de que no es el mismo de antes.
Y siento que nunca más lo volverá a ser.
Y eso es lo que más me entristece, que a sabiendas de eso, aun así no sé cómo reaccionar.

Pero bueno, tal vez debería darle más tiempo al tiempo, o puede que a los medicamentos, y tenerle paciencia hasta que hagan efecto. Pero a este paso, perder la esperanza en que vuelva a ser el de antes es la única solución.
O eso creo.

Es un bálsamo, aunque sea momentáneo.

A veces me pregunto —a veces, en esos días que dejo mi mente en blanco—, pienso y escribo muchas cosas, pero ninguna de ellas tiene tu nombre. Siento que si te creo voy a romperme.

Así que miénteme bonito. No me digas más que te vas, que morirás, que siga adelante si no estás. No quiero ser valiente. No quiero seguir adelante si eso implica no tenerte en mi vida.

Porque están sucediendo varias cosas a la vez, y siento haberte lastimado. Lo siento tanto... que quiero llorar, pero no puedo, papá. Quiero llorarte, asumir que te irás, pero no me lo quiero creer. No quiero comprometerme con el futuro ni con nada de lo que venga de él. No quiero saber del tema.

Tú eres inmortal. Eres inmortal. No vas a morir. No vas a irte y dejarme con la ilusión de contarte que lo logré a medias. Vas a estar ahí, vas a verme creer, y tal vez morir. Vas a estar ahí, papá. No vas a morir. No ahora, no hoy, no mañana, no nunca, no en mi presencia.

Suena egoísta, pero dejaré que sea en mi ausencia. Pero no hoy. No ahora.

Así que, por favor, no te vayas. No lo hagas. Miénteme. Dime que estás bien, que no te duele esa presión en el pecho, que no te huele el aliento de no haber salido de la cama. Miénteme bonito y hazme feliz por un momento. Haz que me quede, haz que cuando te diga adiós por las mañanas no sienta que es un adiós para siempre, sino un "adiós, te espero en casa".

Dame mi dosis de mentiras y hazme funcionar. Acércate y dímelo con una sonrisa en la cara, y no me hagas dudar. Dime lo mucho que me quieres y lo orgulloso que te sientes de tenerme como tu hija. Dime cosas bonitas, por favor. Dime algo. Aunque sea un "querida, no llores".

Porque no estoy llorando. Me estoy desgarrando el alma escribiendo esto en mi cuarto, mientras las voces de mis hermanos suenan al fondo. Son súplicas, las mismas que las mías. Te ruegan que te quedes, que comas algo, que salgas de la cama y que sonrías. Solo hazles caso. Y no me hagas caso si no te demuestro que te extraño. Quiero que sigas sus indicaciones, que colabores y nos hagas verte sintiéndote vivo, y no queriendo quitarte la vida.

Papá, padre, pa. ¿Cómo se le dice?

—Quiero morir —dice papá, padre, pa.

Lo repite en voz baja, como si fuera un secreto que yo tuviera que guardar, como si mi lengua —esta misma lengua que tiembla y arde— fuera a arruinarlo todo.

—Recuerda esto —me dice—: tu lengua acabará arruinándolo todo.

Y entonces entiendo que hay silencios que no son cobardía, sino refugio. Y que, a veces, es mejor no decir nada. Porque hablar es abrir la herida. Porque hablar es quedarse solo.

La veo llorar. Llora por amor, creo. Llora en silencio, como si llorar sin sonido doliera menos. Se hace la fuerte, pero es fuerte. Solo que no lo sabe. Y yo no sé cómo decírselo sin que se rompa aún más sí que no digo nada. A veces es mejor no decir nada.

—Kanhebbek —susurra algo.

No sé qué es. Creo que habla en mi idioma. Un idioma que nadie más entiende. Un idioma de dos locos que se reconocen en medio del ruido.

A veces es mejor no decir nada, no hablar. Es la solución a muchas dudas. No decir nada es lo que debería hacer más de vez en cuando. Es mejor no decir nada, a veces. Porque a veces es mejor no decir nada.

—¿Tienes miedo de ir al hospital?

No hace falta que me contestes. Porque a veces es mejor no decir nada.

Ella no quiere dinero. Él no quiere vivir. Yo solo quiero que alguien me diga qué hacer con este nudo en la garganta.

Y escribo esto. En pausa paralizada. Porque escribir es hablar bajito. Y a veces, incluso escribir, es demasiado.

Así que lo repito. Como si repitiéndolo me salvara:

A veces es mejor no decir nada. A veces... es mejor no decir nada de que estoy viviendo algo terrible y lo estoy narrando cómo si lo que viviría fuera ficción

𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora