La primera vez que la vio, pensó que era demasiado joven para cargar con tanta furia.
No una furia caótica, sino concentrada, dirigida, afilada por la experiencia.
Sus ojos azules lo observaron con una hostilidad abierta, sin disimulo, como si él fuera otro enemigo más que añadir a la lista. No había súplica en ellos, ni miedo, solo una promesa muda de resistencia.
De violencia pura.
Había peligro en ella.
Y mientras ella lo miraba con desprecio apenas velado, él pensó que la guerra había aprendido un nuevo rostro.
Azul y furioso.
Demasiado joven.
Demasiado vivo.
Le sorprendió el contraste: el rostro aún intacto por la edad y sin embargo, endurecido por una rabia que no pedía permiso para existir.
No del que se anuncia con gritos o armas en alto, sino del que se arrastra bajo la piel, silencioso y constante. Una amenaza contenida, afilada por la rabia y el cansancio.
Él lo percibió con claridad, y aun así no retrocedió, al contrario, algo en esa combinación de juventud y violencia latente lo descolocó, lo atrajo con una fuerza que no supo, o no quiso, explicar.
Él, que había aprendido a vivir como los humanos, no porque lo necesitara, sino porque la maldición exigía paciencia, el cabello rubio, el cuerpo que no envejecía, el pulso siempre demasiado sereno: todo formaba parte de una eternidad que no había pedido, observó lo distinto a todos lo demás que era.
Ese cuerpo delante suya, ese joven cuerpo herido en el suelo, era distinto.
Algo antiguo despertó en él, no en la carne, esa siempre había sido suya, sino en lo que habitaba detrás de los ojos verdes.
Y él supo.
No por su cuerpo, ni por las marcas que el mundo le había dejado, sino por su alma. En ella había una vibración que solo poseen quienes han combatido de verdad, no necesariamente con armas, sino con la vida misma.
Un espíritu moldeado por el enfrentamiento constante, por la necesidad de resistir. Un alma guerrera, viva y tensa, que no se había rendido pese a todo.
No se fiaba de ella.
No porque fuera joven, sino porque no lo era en los lugares que importan. Lo miraba como alguien siempre preparado para el impacto, con el peso del pasado sosteniéndole los hombros.
Había peligro en ella.
No el que se anuncia, sino el que observa en silencio, esperando el momento justo.
Y, contra todo instinto aprendido, eso lo atrajo.
No era deseo. No todavía. Era reconocimiento. Una afinidad incómoda, casi violenta, como mirarse en un reflejo que no debería existir.
Él, condenado a una eternidad que había dejado de doler.
Ella, atrapada en una juventud que ya había sufrido demasiado.
Dos naturalezas opuestas tocándose en un punto exacto.
Su corazón, demasiado blando en ese momento para alguien como fue él, latía con una atención peligrosa. Sabía que acercarse a ella era desafiar la maldición misma, tentar a algo que llevaba siglos dormido.
Años después, recordaría ese encuentro con una claridad cruel. Comprendería que no fue casualidad, ni curiosidad. Que aquel instante marcó el momento en que reconoció una verdad que había olvidado:
Que incluso un demonio inmortal puede encontrar, en un alma joven y furiosa, algo que lo haga sentirse visto.
◖ ѕ ι η η є я ◗
La puerta abriéndose de golpe lo arrancó de su ensoñación, o quizá de un recuerdo que se negaba a olvidar, con la violencia de una herida reabierta. Meliodas alzó la cabeza de inmediato, el movimiento tan brusco que un latigazo de dolor le atravesó el cuello y la sien. Llevaba horas ahí. Demasiadas. No se había movido del lado de Némesis desde que había perdido la consciencia aquella misma mañana, desde que su respiración se había vuelto frágil, intermitente, como si en cualquier momento pudiera olvidarse de seguir existiendo.
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◖ 𝘚𝘐𝘕𝘕𝘌𝘙 ◗ - 𝙉𝙖𝙣𝙖𝙩𝙨𝙪 𝙉𝙤 𝙏𝙖𝙞𝙯𝙖𝙞 -
Fanfiction𝑺𝑰𝑵𝑵𝑬𝑹 ┆❛ 𝙏𝙚𝙣í𝙖 𝙡𝙤𝙨 𝙤𝙟𝙤𝙨 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙡𝙖 𝙡𝙡𝙪𝙫𝙞𝙖, 𝙚𝙡 𝙥𝙚𝙡𝙤 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙤𝙣𝙙𝙖𝙨 𝙮 𝙪𝙣 𝙖𝙡𝙢𝙖 𝙩𝙖𝙣 𝙫𝙖𝙨𝙩𝙖 𝙮 𝙥𝙧𝙤𝙛𝙪𝙣𝙙𝙖 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙚𝙡 𝙤𝙘é𝙖𝙣𝙤. . . 𝙎𝙪𝙥𝙤𝙣𝙜𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙥𝙤𝙧 𝙚𝙨𝙤 𝙩𝙚𝙣𝙞𝙖 𝙚𝙡 𝙘𝙤𝙧�...
