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25 —
Isögon,Frusna hjärta 
ぺ無ル

Semblante serio, corazón oscuro.
Búscame en la sombra, rodeada de humo.
Vestida de negro porque siempre voy de luto,
para mi eres lo primero,
no lo dudes ni un segundo.

Estoy puliendo este diamante en bruto.
Chica flaca,
Chica astuta,
Te estuvo haciendo el lío desde el principio y aún no te has dado cuenta.

La noche se había asentado por completo sobre Britania.

No quedaba rastro del crepúsculo; el cielo era un manto espeso y oscuro, casi aterciopelado, salpicado por incontables estrellas que titilaban con una calma que parecía eterna. La luna, alta y redonda, derramaba su luz plateada sobre el patio, dibujando sombras suaves y alargando las siluetas de quienes aún permanecían allí.

El aire era tibio. Una brisa ligera proveniente del sur movía las hojas de los árboles con un murmullo bajo y constante, como si la propia naturaleza estuviera susurrando algo que nadie alcanzaba a comprender.

Los Pecados descansaban.

Diane dormía recostada contra la pared, su respiración profunda y tranquila. Elizabeth había sucumbido al cansancio junto a Hawk, quien roncaba suavemente con una pata estirada. Ban... bueno, Ban permanecía de pie, apoyado contra una columna, en un estado de ebriedad tan avanzado que parecía desafiar toda lógica. Cabeceaba de vez en cuando, murmurando incoherencias, pero su condición de inmortal le permitía sostenerse aunque su conciencia estuviera lejos de allí.

El patio estaba casi en silencio.

Casi.

Porque desde una esquina olvidada, un viejo gramófono seguía girando con un crujido suave, su aguja rozando el disco con un sonido apenas perceptible. De él emergía un vals antiguo, delicado y nostálgico. La melodía no era alegre ni triste; era íntima. Como un recuerdo que no quiere ser olvidado.

En el centro del patio, bajo la luz de la luna, dos figuras se movían al compás.

Meliodas y Némesis.

No hablaban.

Sus pasos eran lentos, precisos, perfectamente sincronizados. No necesitaban contarse los tiempos; sus cuerpos parecían entenderse por instinto. Cada giro era suave, cada avance medido. No había torpeza, no había tensión. Solo el calor compartido y el leve roce de la tela al deslizarse.

El cabello negro de Némesis, ligeramente ondulado, danzaba con el viento como tinta derramada en el aire. Su larga camisa blanca, amplia y sencilla, dejaba uno de sus hombros al descubierto, permitiendo que la luz lunar acariciara su piel pálida. Iba descalza; sus pies se movían con una ligereza casi irreal sobre la piedra fría.

Meliodas, por su parte, llevaba únicamente una camisa blanca remangada hasta los codos y un pantalón oscuro. Sencillo. Despreocupado. Pero sus manos la sostenían con una firmeza que contrastaba con la suavidad de la música.

Separó lentamente su mano de la cadera de Némesis y le dio un pequeño impulso.

Ella giró.

La tela blanca se abrió como un suspiro alrededor de sus piernas, su cabello describiendo un arco oscuro bajo la luna. Por un instante pareció suspendida en el tiempo. Cuando terminó la vuelta, Meliodas la atrajo de nuevo hacia sí, su mano regresando a su cintura con naturalidad, como si ese lugar hubiese sido creado para encajar allí.

◖ 𝘚𝘐𝘕𝘕𝘌𝘙 ◗ - 𝙉𝙖𝙣𝙖𝙩𝙨𝙪 𝙉𝙤 𝙏𝙖𝙞𝙯𝙖𝙞 -Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora