La habitación permanecía sumida en una penumbra azulada cuando Meliodas abrió los ojos. No fue un despertar brusco, sino esa conciencia lenta que llega cuando el cuerpo ha descansado lo suficiente pero la mente sigue trabajando. Durante unos segundos no se movió; su respiración continuó acompasada con la de Némesis, que dormía de lado frente a él, la espalda recta incluso en el sueño, como si su disciplina no se relajara ni siquiera cuando bajaba la guardia.
La luna, ya alta, filtraba su luz a través de los ventanales del castillo, dibujando líneas plateadas sobre el suelo de madera y sobre la silueta de ella. El vendaje blanco que cubría su muñón destacaba con una claridad casi cruel en medio de la sombra. Meliodas lo miró sin apartar la vista, no con lástima, sino con una intensidad contenida que apenas lograba disimular incluso cuando estaba solo.
Su brazo seguía rodeando su cintura. Lo había colocado con cuidado, evitando cualquier presión indebida, midiendo el espacio con la misma precisión con la que medía un campo de batalla. Ahora, sin embargo, lo sentía demasiado presente. No porque ella le incomodara, sino porque el calor de su cuerpo le recordaba algo que no quería admitir: que le importaba más de lo que debía.
Se permitió observarla un momento más.
Némesis no parecía frágil. Nunca lo había sido. Incluso dormida, había en ella una tensión mínima, una preparación latente. Su respiración era profunda pero controlada, el mentón ligeramente elevado, como si aún en sueños sostuviera su orgullo intacto. No había rastro de sonrisa, ni de suavidad excesiva. Solo serenidad férrea.
Meliodas exhaló despacio, procurando que el aire no alterara el ritmo de ella. Con una lentitud casi ritual, comenzó a retirar el brazo de su cintura. No fue un movimiento lineal, sino medido al milímetro: primero aflojó la presión, luego deslizó la mano apenas unos centímetros, después levantó el antebrazo con cuidado para no rozar el vendaje. Cada gesto estaba calculado para no despertarla, y aun así lo hacía con una atención que rozaba la devoción.
Cuando el contacto desapareció por completo, el frío de la habitación pareció avanzar de inmediato hacia el espacio que él había ocupado.
Ella no abrió los ojos.
Pero su respiración cambió apenas, como si el cuerpo registrara la ausencia de calor antes que la conciencia. Meliodas se quedó inmóvil, observando, listo para volver a rodearla si era necesario. Pasaron varios segundos. El ritmo volvió a estabilizarse.
Entonces se incorporó.
El colchón cedió ligeramente bajo su peso cuando se sentó al borde. Apoyó los pies descalzos en la madera fría del suelo y dejó que la sensación lo anclara a la realidad. No quería marcharse. Esa era la verdad desnuda. Permanecer allí, velando su sueño, habría sido sencillo.
Pero había algo en el aire que no terminaba de tranquilizarlo.
Tal vez era el silencio demasiado perfecto del castillo a esas horas. Tal vez era el recuerdo fugaz de la conversación con Merlín sobre la resonancia mágica del miembro perdido. O tal vez era la simple intuición de quien ha vivido demasiadas guerras como para confiar en una calma absoluta.
Se puso de pie con fluidez, sin ruido, y se volvió hacia ella una vez más.
La luz lunar delineaba el perfil de su rostro con una precisión casi escultórica. El cabello oscuro caía sobre la almohada en mechones ordenados; una sombra marcaba la línea firme de su nariz y la curva exacta de sus labios cerrados. Parecía distante incluso en reposo, como si el mundo tuviera que esforzarse para alcanzarla.
Meliodas dio un paso hacia la puerta, luego se detuvo.
Regresó dos pasos atrás y, sin tocarla, ajustó apenas la manta sobre su hombro expuesto. Fue un gesto mínimo, casi insignificante, pero lo hizo con el cuidado de quien manipula algo irreemplazable.
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◖ 𝘚𝘐𝘕𝘕𝘌𝘙 ◗ - 𝙉𝙖𝙣𝙖𝙩𝙨𝙪 𝙉𝙤 𝙏𝙖𝙞𝙯𝙖𝙞 -
Fanfiction𝑺𝑰𝑵𝑵𝑬𝑹 ┆❛ 𝙏𝙚𝙣í𝙖 𝙡𝙤𝙨 𝙤𝙟𝙤𝙨 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙡𝙖 𝙡𝙡𝙪𝙫𝙞𝙖, 𝙚𝙡 𝙥𝙚𝙡𝙤 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙤𝙣𝙙𝙖𝙨 𝙮 𝙪𝙣 𝙖𝙡𝙢𝙖 𝙩𝙖𝙣 𝙫𝙖𝙨𝙩𝙖 𝙮 𝙥𝙧𝙤𝙛𝙪𝙣𝙙𝙖 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙚𝙡 𝙤𝙘é𝙖𝙣𝙤. . . 𝙎𝙪𝙥𝙤𝙣𝙜𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙥𝙤𝙧 𝙚𝙨𝙤 𝙩𝙚𝙣𝙞𝙖 𝙚𝙡 𝙘𝙤𝙧�...
