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La luz del amanecer se filtró con lentitud por la ventana, extendiéndose por el suelo como una línea pálida que avanzaba centímetro a centímetro hasta rozar el borde de la cama. No fue una irrupción brusca, sino una ocupación paciente del espacio, como si incluso el día entendiera que aquella habitación había contenido demasiado durante la noche.

Némesis abrió los ojos sin sobresalto.

No inspiró con violencia ni se movió de inmediato. Primero escuchó. El ritmo constante de su propia respiración. El latido regular en la base del cuello. La ausencia de vibraciones en el flujo interno. Solo cuando terminó esa evaluación permitió parpadear, que sus pupilas enfocaran con claridad.

Meliodas seguía allí.

Estaba sentado contra la pared en la silla que ya podría proclamar como suya, como una sombra que se mantenía firme aunque la luz del día la revelara con claridad. La tensión en su postura no había cedido ni un ápice durante la noche. Los hombros rectos, la mandíbula apretada, los ojos abiertos y fijos en ella. Había pasado la noche entera observando el ritmo de su respiración, cada pulso, cada variación mínima en su flujo, y eso lo había consumido tanto como a ella lo había exigido el sueño interrumpido.

No había dormido.

La luz de la mañana, filtrándose en líneas oblicuas por la rendija del panel, dejaba al descubierto lo que la oscuridad había protegido durante horas: el leve enrojecimiento en la línea inferior de sus ojos, la sombra más profunda bajo los pómulos, la tensión persistente en sus hombros. No era agotamiento descuidado. Era la rigidez calculada de alguien que había permanecido alerta toda la noche, contando respiraciones que no eran suyas, midiendo cada pausa como si el mundo pudiera romperse en medio de una exhalación.

No se había movido mucho. La silla estaba apenas desplazada, lo justo para acercarse cuando su pulso bajaba unas décimas. Sus manos seguían apoyadas sobre las rodillas, pero los nudillos mostraban la presión contenida.

Cuando Némesis se incorporó apenas, el movimiento fue mínimo, casi imperceptible. Aun así, él lo registró antes de que el colchón terminara de ceder bajo su peso.

Habló en voz baja, como si la noche aún no hubiera terminado del todo.

— No hubo cambios. Tu pulso se mantuvo estable. La respiración también.—

No era un informe necesario. Ella conocía su propio cuerpo mejor que cualquier monitor. Sabía exactamente cuándo el dolor cedía y cuándo fingía hacerlo.

Pero esa enumeración precisa no era para transmitir datos. Era su manera de decir: estuve atento. No aparté la mirada. No te solté ni un segundo.

Némesis lo observó más tiempo del habitual. No con frialdad, sino con una atención distinta, menos estratégica. Sus ojos recorrieron el cansancio que él no reconocería en voz alta. La tensión que aún no se permitía liberar.

— Cumpliste lo dicho.—

La frase era técnica, casi contractual. Pero la mirada que la acompañó no lo fue del todo. Había algo más ahí, algo que no encajaba en el lenguaje de promesas operativas.

Él asintió apenas.

Su mirada descendió sin permiso por la línea de la ceja herida, donde la piel comenzaba a esconderse bajo la venda en un trazo fino y rojizo. Se detuvo un segundo más de lo necesario en sus labios, secos por la medicación, y luego en los hombros. Observó cómo su torso compensaba la ausencia del brazo, cómo el equilibrio se redistribuía en una arquitectura nueva que aún no terminaba de aceptar.

Cada detalle le dolía.
No era lástima. Era algo más áspero, más peligroso. Una punzada que nacía en el estómago y ascendía lenta, convirtiéndose en una mezcla de rabia y protección que no sabía dónde colocar.

◖ 𝘚𝘐𝘕𝘕𝘌𝘙 ◗ - 𝙉𝙖𝙣𝙖𝙩𝙨𝙪 𝙉𝙤 𝙏𝙖𝙞𝙯𝙖𝙞 -Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora