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El campo se doblaba bajo sus pies diminutos, como si la tierra misma supiera que caminaba sobre ella algo que no debía existir. Los ejércitos que la rodeaban se multiplicaban y se desvanecían entre la niebla y el barro, reflejos deformes de un caos que nadie podía sostener. Némesis avanzaba, pequeña, frágil de apariencia, pero con cada músculo tensado y cada gesto medido, como un arma que aún estaba en construcción, pero que ya era perfecta en su destrucción.
Su espada parecía una extensión de su cuerpo. Cortaba el aire y la carne con la misma indiferencia, dibujando arcos imposibles y dejando tras de sí ríos de rojo que se adherían a su brazo y al filo como un adorno macabro, un eco de la violencia que dictaba sin palabras. Cada grupo que se lanzaba contra ella era partido antes de tocarla, sus filas se quebraban y se disolvían como reflejos rotos. No había gritos de victoria, no había risa: solo el sonido metálico y húmedo de los cuerpos cediendo a su voluntad.
A veces giraba, y la espada describía círculos imposibles, un baile de precisión letal que confundía la percepción de cualquiera que la observase. La lluvia se mezclaba con los charcos de sangre, formando espejos que multiplicaban sus movimientos y la hacían parecer más grande, más monstruosa de lo que era. Cada ataque era simultáneamente avance y retirada, un patrón que nadie podía anticipar; la guerra misma parecía plegarse a su ritmo.
Desde la colina, su padre la miraba. No como hija, sino como experimento, como la maquinaria de guerra que había intentado moldear. Y allí estaba, su creación, un relámpago negro diminuto y absoluto, cargando de nuevo, desapareciendo entre cuerpos y sombras, ejecutando un ritual de precisión imposible que solo ella podía comprender.
Cuando el humo y la niebla se disiparon, el campo estaba en silencio. Todo lo que había pasado parecía un fragmento de otro mundo, un sueño febril que nadie recordaría con claridad. Némesis permanecía de pie, su espada manchada, su cuerpo pequeño pero absoluto, y el aire todavía vibraba con el eco de sus movimientos imposibles.
Ella era la guerra hecha carne, un arma que, aunque no terminada, ya no podía ser contenida por nadie.
𝐒𝐈𝐍𝐍𝐄𝐑
El camino desde la taberna hasta el castillo había estado lleno de movimiento. Tras la reciente amenaza que había sacudido al reino de Liones, la gente comenzaba a recuperar el ánimo, y el ambiente alrededor de la capital estaba cargado de una mezcla extraña entre alivio y expectación.
En el patio principal del castillo se había reunido una multitud considerable. Soldados, caballeros sagrados, ciudadanos del reino e incluso algunos curiosos se agrupaban en los bordes del espacio abierto, formando círculos irregulares alrededor de una plataforma improvisada frente a los muros del castillo. Las piedras del patio aún mostraban marcas recientes de reconstrucción; andamios de madera se levantaban en uno de los laterales, y varias estructuras estaban siendo reparadas después de los estragos de la batalla. Algunos albañiles y ciudadanos estaban encima de estos andamios para ver el espectáculo.