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La puerta se cerró con un sonido tan leve que casi se confundió con el suspiro del aire al acomodarse en la habitación. Némesis permaneció inmóvil, de espaldas a la madera, contando mentalmente los segundos hasta que el eco de su hermano desapareció por completo. Solo cuando el silencio fue absoluto permitió que sus hombros descendieran apenas un milímetro.
Luego de su encuentro con Meliodas, si lo podía llamar a eso así, Noah volvió a su habitación, Meliodas se había marchado para poder volver a la taberna con los Pecados, y poco después su hermano también se alejó con la excusa de recoger los neceseres que había traído antes de marcharse. (Némesis sabía que eso no era verdad, mas no dijo nada).

No encendió ninguna lámpara. La luz que entraba por la ventana, ya teñida por el inicio del día, era suficiente para distinguir contornos. Prefería la penumbra; suavizaba las formas y volvía todo menos evidente, menos directo. La claridad obligaba a enfrentarse a las cosas sin filtros, y ella aún estaba decidiendo en qué orden quería hacerlo.

Avanzó hacia el centro del cuarto con pasos medidos, perfectamente alineados, como si el suelo pudiera delatar cualquier desequilibrio. Su postura seguía siendo impecable, casi desafiante, aunque ahora el peso de su cuerpo se distribuía de manera distinta. Lo notaba. El centro de gravedad había cambiado y su musculatura, acostumbrada a décadas de simetría, estaba aprendiendo una nueva coreografía sin haber sido consultada.

La manga vacía rozaba su cadera con una ligereza que resultaba ofensiva. No había nada ahí. Ninguna resistencia, ningún movimiento involuntario. Solo tela. La ausencia convertida en objeto.

Se detuvo frente al espejo.

La imagen que le devolvió el cristal era, a primera vista, la misma de siempre: el mentón firme, la mirada afilada, la serenidad que tantos confundían con indiferencia. Pero si uno observaba con atención, como ella lo hacía, podía detectar la tensión sostenida en la línea de su cuello y la rigidez controlada de su mandíbula.

Desvió los ojos hacia el vendaje.

Blanco. Limpio. Correctamente ajustado. No había sangre que dramatizara la escena ni señales de desorden que justificaran una reacción impulsiva.
Todo estaba bajo control.
Todo había sido hecho con precisión.

Y, sin embargo, bajo aquella pulcritud clínica se escondía el recuerdo del caos.

No fue el dolor lo que acudió primero a su memoria, sino el sonido. El zumbido bajo de la magia activándose en esa misma habitación, el crujido seco cuando la decisión dejó de ser pensamiento y se convirtió en acción.
Recordaba el frío del sudor contra su espalda y el olor metálico que impregnó el aire en cuestión de segundos. Recordaba haber fijado la vista en un punto del techo para no perder la concentración, como si se tratara de un ejercicio de resistencia más.

Lo más perturbador no era el recuerdo en sí, sino la claridad con la que lo repasaba antes de que eso hubiera ocurrido.
No había gritos en su memoria porque no gritó.
No había súplicas porque no las hizo.
Hubo cálculo, rapidez y la certeza brutal de que no había alternativa viable.

Había aceptado la amputación con la misma frialdad con la que aceptaba una estrategia arriesgada en combate: evaluando pérdidas y beneficios.
Por eso había mandado a llamar a su hermano, sabía que él acabaría en la misma decisión que ella.

Ahora, en la quietud de su habitación, esa lógica seguía siendo válida.
Pero el coste se sentía diferente.

Alzó la mano que conservaba y la llevó hasta el vendaje. No lo hizo con temblor ni con delicadeza excesiva; apoyó los dedos y ejerció una presión leve, suficiente para provocar una respuesta en los nervios que aún intentaban comprender su nueva realidad. El dolor llegó puntual, punzante, pero controlable.

◖ 𝘚𝘐𝘕𝘕𝘌𝘙 ◗ - 𝙉𝙖𝙣𝙖𝙩𝙨𝙪 𝙉𝙤 𝙏𝙖𝙞𝙯𝙖𝙞 -Donde viven las historias. Descúbrelo ahora