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Hija maldita,
haciendo locuras que nadie cree,
¿te arrepientes de haber hecho el juramento?

Desde niña dijeron que estaba marcada.
Que hablaba demasiado alto con lo invisible.
Que miraba donde nadie más se atrevía.

Una llave, una puerta, una cerradura.

Meliodas se detuvo frente a aquella puerta de madera clara, la misma que había aprendido a reconocer por el leve crujido de las bisagras, por la pequeña muesca cerca del marco, por la forma en que el aire parecía volverse más frío al acercarse. Durante la última semana, esa puerta se había convertido en una frontera: entre la esperanza y la resignación, entre lo que todavía podía salvarse y lo que ya se estaba perdiendo.

Su pecho se expandió con una inhalación profunda, lenta, forzada. El aire le pesó en los pulmones como si estuviera hecho de plomo. Lo sostuvo unos segundos de más, intentando calmar el temblor interno, y recién entonces levantó el puño. Dudó. Siempre dudaba. Tocó con suavidad, casi como si temiera que un ruido más fuerte pudiera romper algo irremediable, y con la otra mano giró la manija. Sus labios se curvaron en una sonrisa automática, aprendida, una que ya no sabía si alguna vez había sentido de verdad.

Al abrir la puerta, la conversación tenue que flotaba en la habitación se interrumpió de inmediato, como si alguien hubiera cortado el hilo que la sostenía. El silencio que siguió fue espeso, cargado de expectativa. De miedo.

Meliodas cruzó el umbral, un paso detrás del otro, y cerró la puerta tras de sí con cuidado excesivo. Sus dedos se aferraron a la manija con demasiada fuerza cuando la escena frente a él volvió a atravesarle el pecho sin piedad. Había visto esa imagen todos los días. Varias veces al día. Y aun así, cada vez sentía el mismo golpe seco, la misma presión insoportable, como si algo dentro suyo se encogiera y se negara a seguir latiendo con normalidad.

Merlín alzó la mirada hacia él y guardó silencio. Observó cómo los ojos verdes de Meliodas se desviaban de inmediato hacia la cama, cómo ignoraban todo lo demás, cómo se aferraban únicamente a la figura recostada contra el respaldo. Némesis estaba apoyada con cuidado, las manos entrelazadas bajo las sábanas, inmóvil salvo por el leve y trabajoso subir y bajar de su pecho.

Merlín lo vio todo.

Vio la rigidez en su postura. Vio la manera en que sus hombros parecían cargar un peso invisible. Vio el dolor escondido detrás de esos ojos esmeralda, la desesperación cuidadosamente contenida. Y vio la sonrisa. Esa sonrisa falsa, frágil, que no le pertenecía.

Y lo entendió.

Entendía ese intento casi desesperado de mantenerse sereno. De fingir que aún había control. De actuar como si todo pudiera arreglarse si tan solo se mantenía la compostura el tiempo suficiente. Entendía la necesidad de aparentar calma en un lugar donde cualquier emoción desbordada podía terminar en un colapso.
Porque aceptar la verdad era demasiado.

Porque Némesis se estaba muriendo.

No de forma abrupta. No de una manera dramática y rápida. Se estaba apagando lentamente, como una llama privada de oxígeno, consumiéndose día tras día, delante de todos ellos.

Meliodas suavizó la mirada todo lo que le fue posible. Cerró la puerta con cuidado y avanzó unos pasos medidos, como si temiera que un movimiento brusco pudiera dañarla. Se metió las manos en los bolsillos, intentando ocultar el temblor que le recorría los dedos. Saludó a Merlín con un leve asentimiento de cabeza y luego volvió la vista hacia Némesis.
Se sentó en el borde de la cama, cerca de sus pies, manteniendo una distancia mínima, casi reverente. Sonrió de nuevo.
Una sonrisa hueca, cansada, que no alcanzó a reflejarse en sus ojos.

◖ 𝘚𝘐𝘕𝘕𝘌𝘙 ◗ - 𝙉𝙖𝙣𝙖𝙩𝙨𝙪 𝙉𝙤 𝙏𝙖𝙞𝙯𝙖𝙞 -Donde viven las historias. Descúbrelo ahora