En una galaxia lejana un principe caprichoso heredero del Planeta Vegetasei lucha por ir en contra de su destino marcado por la luna roja quien predestina las parejas de los saiyajines.
Una humana es quien pondrá su reino de cabeza.
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Vegeta.
—¡Vegeta! ¿Me escuchas? ¡Vegeta! — La voz de Kakarotto llegaba a mis oídos como un eco lejano, filtrándose a través de un océano de estática y dolor. Intenté responder, quise gritarle que me soltara, que me dejara volver a ese infierno de fuego para morir como un rey entre las cenizas de mi palacio, pero mi garganta estaba sellada por la sangre y el agotamiento, mi mente era un torbellino caótico: el rostro de traición de Bulma, la risa de Freezer, el grito final de Videl... Todo se mezcló en una mancha negra que me succionó hacia el vacío. Perdí el conocimiento, deseando, por un instante, no volver a despertar jamás.
Tiempo después...
Desperté con el corazón martilleando contra mis costillas, como un animal enjaulado. En mis ojos aún persistía la imagen de un sueño recurrente: Bulma, de espaldas, alejándose hacia un horizonte de luz mientras sostenía a un niño en brazos. Un niño cuyo rostro era un borrón de sombra, un hijo al que mi orgullo y la guerra me impidieron conocer. —¡Suéltenme! —rugí, sintiendo manos extrañas sobre mis hombros. Me encontraba en una habitación de paredes orgánicas y luces tenues. Seres de piel azulada intentaban mantenerme recostado sobre una camilla de tecnología desconocida. Con un estallido de furia ciega, los aparté de un manotazo, arrojándolos contra las paredes, Intenté ponerme en pie, impulsado por la pura voluntad, pero mis piernas me traicionaron. El mundo dio un vuelco violento y caí de rodillas, con la cabeza dándome vueltas y el estómago revuelto por un mareo insoportable.
—¡Vegeta! ¡Cálmate, todavía no estás recuperado! —Kakaroto entró corriendo en la estancia, tomándome por los brazos para evitar que me desplomara por completo.
—¡Suéltame, Kakarotto! —le espeté, aunque apenas podía mantener el equilibrio—. ¿Dónde estamos? ¿Qué pasó con Vegita? ¡Habla de una vez!—
Él suspiró, su mirada usualmente alegre estaba ensombrecida por una madurez amarga. Me ayudó a sentarme en el borde de la camilla antes de hablar.
—Han pasado tiempo, Vegeta. Estamos en Yardrat un planeta remoto en las fronteras del sector norte. Los habitantes de aquí nos encontraron perdidos con los restos de la nave y usaron su tecnología médica para reconstruir tu cuerpo. Estabas... estabas casi muerto.—
Me quedé en silencio, apretando los puños hasta que los nudillos blancos crujieron. —¿Y el reino? —pregunté, aunque en el fondo de mi alma ya sabía la respuesta.
—Se perdió —respondió con voz ronca—. Paragus tomó el control total bajo la bandera de Freezer. El planeta es ahora una base de operaciones para el tirano y los sobrevivientes fueron esclavizados, y confirmé que Videl y Raditz... murieron—.
Un golpe seco impactó en mi pecho. Mi hermana, el bruto de Raditz...Borrados. Entonces, la imagen del sueño volvió a mi mente, quemándome. —¿Y Bulma? —mi voz salió como un susurro cargado de veneno y desesperación—. ¿Dónde está ella? ¿Dónde está el bastardo de Broly?—