En una galaxia lejana un principe caprichoso heredero del Planeta Vegetasei lucha por ir en contra de su destino marcado por la luna roja quien predestina las parejas de los saiyajines.
Una humana es quien pondrá su reino de cabeza.
El viento soplaba con una violencia seca sobre el páramo desolado donde Caulifla había dejado a Bulma. Cuando Nappa aterrizó el estruendo de sus botas contra la piedra fue lo único que rompió el silencio mortal del lugar, Sus ojos se abrieron de par en par al ver la figura de la mujer de su rey sobre la tierra roja con el rostro de un blanco cadavérico y la respiración tan tenue que parecía un susurro a punto de extinguirse.
-¡Maldita sea! ¡Princesa Bulma! -rugió Nappa, dejándose caer de rodillas a su lado.
El estrés masivo de la explosión, la huida desesperada y sobre todo el impacto emocional de sentir a través del vínculo cómo la vida de Vegeta se desvanecía, habían colapsado su sistema. Nappa, con manos que solían usarse para triturar cráneos, abrió con una agilidad sorprendente las cápsulas médicas. -No te mueras, mujer... o el Rey me arrancará la piel a tiras -gruñó entre dientes mientras le colocaba una máscara de oxígeno portátil. Pasaron unos minutos angustiantes hasta que los párpados de Bulma temblaron. Sus ojos azules se abrieron con dificultad, desenfocados mientras el oxígeno comenzaba a devolverle el color a las mejillas.
—¿Vegeta...? —fue lo primero que escapó de sus labios una pregunta cargada de una angustia que le desgarraba la garganta.
Nappa exhaló un suspiro de alivio que pareció mover el polvo a su alrededor. —Está vivo, está herido de gravedad pero ese testarudo es fuerte como una roca. Ya sabe que estás a salvo... y ya sabe lo del bebé. Dijo que ganará por ustedes —
Bulma intentó incorporarse, apoyando sus manos temblorosas en el pecho de la armadura de Nappa. —Llévame con él, Tengo que estar allí él me necesita—
Nappa la sujetó suavemente por los hombros, pero con una firmeza que no admitía réplica Su mirada, usualmente ruda estaba llena de una seriedad absoluta. —Escúchame bien. Te voy a llevar a un refugio seguro en las montañas del norte, donde los médicos de la Patrulla ya están instalando un campamento —sentenció el gigante —Pero no vas a ir al centro de la batalla.—
—¡No puedes prohibírmelo! —protestó ella con una chispa de su antigua rebeldía.
—¡Sí puedo! —interrumpió Nappa. —Mira a tu alrededor es un suicidio. Si te llevo allá y un solo rayo de Freezer te roza, o si el estrés acaba con el niño, Vegeta no tendrá que matarme... yo mismo me lanzaré al espacio. Mi misión es directa: protegerte a ti y a su estirpe. Si te sucede algo, todo por lo que él está sangrando ahora mismo no habrá servido de nada.—
Bulma se quedó en silencio, mirando hacia el horizonte donde los destellos de luz indicaban que la pelea seguía su curso violento. Miró su propio vientre y luego a Nappa, comprendió que su valentía ahora no consistía en empuñar un arma o estar en el frente sino en sobrevivir para que Vegeta tuviera un mundo al cual regresar. —Está bien... —susurró Bulma, dejando caer la cabeza con resignación.— Llévame a ese refugio. Pero jura que me informarás de cada segundo de esa pelea y en cuanto pase el peligro me llevarás con él.—
Nappa asintió la cargó con un cuidado infinito entre sus brazos y se elevó hacia las nubes, alejándola del epicentro del desastre tal como su Rey se lo habría encomendado.
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