En una galaxia lejana un principe caprichoso heredero del Planeta Vegetasei lucha por ir en contra de su destino marcado por la luna roja quien predestina las parejas de los saiyajines.
Una humana es quien pondrá su reino de cabeza.
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El humo de las explosiones aún no se disipaba por completo sobre la capital de Vegita cuando los estandartes del Imperio de Freezer fueron izados en las torres más altas. El planeta ya no era el orgullo de una raza guerrera; era una propiedad privada.
En la sala del trono, Paragus observaba con los puños apretados cómo los técnicos de Freezer instalaban un nuevo sistema de vigilancia en el lugar donde antes se sentaba Vegeta. Su plan había sido perfecto en su mente: usar a Freezer para eliminar a Vegeta y luego reclamar el trono para sí mismo. —¡Esto no es lo que acordamos! —le espetó Paragus a uno de los comandantes de Freezer.
—Tú acordaste servir a Lord Freezer a cambio de tu vida, anciano —respondió el soldado sin siquiera mirarlo—. Ahora eres el "gobernador" de este cementerio de rocas, lo que significa que nos reportas cada gramo de mineral que extraigas. Eres un siervo, nada más—
Paragus sintió un sabor amargo en la boca. Había entregado su mundo y traicionado a su especie solo para cambiar una correa por otra. Peor aún, su hijo adoptivo Broly se había marchado con la consorte, dejándolo sin su arma principal para rebelarse contra el tirano.
En la habitación Este del palacio, el ambiente era gélido. Caulifla yacía mirando el techo con ojos vacíos de toda humanidad. Durante la purga, una ráfaga de energía colateral la había arrojado contra un muro de piedra. Antes no sintió nada,el dolor físico no fue nada comparado con el diagnóstico que recibió cuando en la mañana un hilo de sangre empezó a bajar por su entrepierna. Había perdido al niño. El heredero que llevaba en su vientre, su pase directo a ser la Reina definitiva y la madre de la nueva estirpe real, ya no existía. —Malditos sean todos... —susurró, con una voz que parecía venir de una tumba—. Vegeta, por no protegerme... La rastrera de Bulma, por salvarse en su huída... y ese viejo estúpido de mi padre por vendernos a Freezer.
Caulifla no lloraba por el hijo perdido, lloraba por el poder perdido. Sin un heredero y con el planeta bajo el yugo de Freezer, ella ya no era una futura reina; era solo una concubina desplazada en un mundo de esclavos. Su resentimiento se transformó en un odio puro que quemaba más que cualquier herida de batalla. Su carácter se había endurecido, Ya no era la concubina mimada; ahora era una depredadora atrapada en una jaula dorada.
Entonces una idea pasó por su mente, estaba harta de esta vida, quería recuperar el control, su antigua gloria así que se dirigió a buscar a su padre. Lo encontró en la sala de mapas, observando con amargura los informes de producción que debía entregar a Freezer. La relación entre ambos se había vuelto puramente transaccional. —Mírate, "gobernador" —escupió Caulifla, acercándose a la mesa—. Tienes la corona, pero el cuello te sangra por el roce de la correa de Freezer—
Paragus la miró con ojos cansados, pero llenos de la misma malicia. —No me hables de humillación, hija. Tú perdiste al heredero que nos daría el control total. Estamos en el lodo.—
—Entonces aprendamos a nadar en él —respondió ella, inclinándose sobre el mapa—. Freezer confía en tu cobardía. Usemos eso. Empecemos a desviar tecnología de supresión de Ki a los almacenes del sector sur. Si logramos armar a los pocos supervivientes de élite sin que sus radares lo detecten, el palacio se convertirá en su tumba.—
Paragus sonrió por primera vez en meses. Su hija no quería consuelo; quería un golpe de estado, Juntos, empezaron a tejer una red de sabotaje bajo las narices de los soldados de Freezer, una conspiración nacida del resentimiento mutuo.
Esa noche, el cuerpo de Caulifla la traicionó de otra manera. El ciclo de celo de las mujeres Saiyajin, intensificado por el estrés y la llegada de la luna llena, se manifestó con una urgencia violenta. Necesitaba apagar el fuego interno, pero el hombre que solía dominarla con una ferocidad equivalente a la suya estaba, supuestamente, muerto. Para saciar la necesidad, llamó a sus aposentos a uno de los comandantes más fuertes que servían a su padre, un guerrero bruto llamado Kaba, que había sobrevivido a la purga.
El encuentro fue rudo, físico y carente de cualquier emoción. Kaba era fuerte, pero mientras él la sujetaba contra las sábanas de seda negra, Caulifla mantenía los ojos abiertos, mirando fijamente la oscuridad del techo. "No es él", pensaba con desprecio. Cada caricia de Kaba le resultaba superficial, le faltaba esa aura de poder que emanaba de Vegeta, la presión aplastante de su Ki real y esa mirada de orgullo que la hacía sentir que estaba siendo conquistada por un dios, no simplemente usada por un soldado. Kaba era un sustituto pálido; su técnica era torpe y su energía no lograba hacer vibrar sus células de la misma manera. Cuando el comandante terminó y se retiró con una reverencia servil, Caulifla se quedó sola en la cama, sintiéndose más vacía que antes. La ausencia de Vegeta no solo era un vacío político, era un hueco físico que nadie en ese planeta podía llenar. —Si estás vivo en algún lugar, Vegeta... —susurró, limpiándose con rabia—, espero que estés entrenando para volver, porque si no me haces reina, me aseguraré de que seas lo último que este imperio vea antes de arder.
.....
A años luz de distancia, en el planeta de los seres de piel azul, el silencio de la noche fue roto por un grito de agonía y esfuerzo. Vegeta estaba colgado de una viga de metal pesado, usando solo un brazo para levantar su propio peso mientras la gravedad de la sala de entrenamiento (que él mismo había obligado a los locales a recalibrar) lo aplastaba. Las cicatrices de su batalla contra Freezer aún estaban rojas y vivas sobre su pecho, y cada movimiento enviaba punzadas de dolor a su columna.
—¡Más... aumenta la gravedad... Kakarotto! —rugió, sudando sangre. Goku, sentado en un rincón con el rostro serio, ajustó el dial del panel.
—Vegeta, si sigues así, tus músculos se desgarrarán antes de que puedas lanzar un solo ataque. Tu cuerpo aún está débil.
—¡Mi cuerpo está herido, pero mi alma está en llamas! —Vegeta se soltó de la viga y cayó de pie, tambaleándose por un segundo antes de recuperar la postura—. He perdido a mi hermana, a mi pueblo y a mi planeta. Ese insecto de Freezer se sienta en mi trono y Paragus respira mi aire...—
Vegeta cerró los ojos y, por un segundo, la imagen de Bulma y el niño que nunca sostuvo cruzó su mente. No sabía si los odiaba por irse o si se odiaba a sí mismo por no haber sido lo suficientemente fuerte para que no tuvieran que huir. —Entrenaré hasta que mis huesos se vuelvan acero —sentenció Vegeta, rodeándose de un aura dorada errática y violenta—. Volveré como el carnicero de Freezer, no como su rey.
Kakaroto solo exhaló, no sabía cómo hacerle entender a su hermano de cambiar de táctica, que la venganza, el odio o la ira no fueran sus fuentes de inspiración, sino algo más.
— hermano hoy no podré acompañarte hasta el final del entrenamiento. Debo hacer unas cosas—
— ¿ Que cosas ?— preguntó sin detenerse.
— hoy es luna llena y...bueno tu sabes, lo debes de sentir —
Vegeta se detuvo, comprendió al instante, su ciclo de celo, el momento de unión entre parejas, ese calor que solo se apaga con tu pareja destinada. Llegaba cada 6 meses y el pico alto era la luna roja que ocurría cada año, cuando todos marcaban a sus parejas y eran elegidas las nuevas, este ciclo duraba un mes en completarse.
— vete— solo dijo eso y le dio la espalda para continuar entrenando.
Kakaroto lo miro antes de salir de la sala, le dolía verlo así. Deseaba que pronto encontrarán a Bulma y pudieran balancear las cosas.
Cuando Kakaroto se fué,Vegeta se detuvo. Él también sentia los estragos del celo, pero lo desquitaria entrenando. No quería flaquear o tomar mujer en otra Saiyan de las que habitaban ahí en el lugar.