72. El perdón

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El regreso a Vegita fue una procesión silenciosa de cápsulas escoltando la nave real

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El regreso a Vegita fue una procesión silenciosa de cápsulas escoltando la nave real.
El silencio en la cámara médica del Palacio Real era absoluto, interrumpido únicamente por el rítmico siseo del oxígeno y el burbujeo constante del fluido regenerativo. Vegeta permaneció sumergido en el tanque de recuperación durante dos días completos; su cuerpo castigado por una semana de abandono, heridas infectadas y una fractura ósea que había comenzado a soldar de forma errática, obligó a los sistemas médicos a trabajar al límite de su capacidad para reconstruir cada fibra de su linaje guerrero.

​A medida que el líquido verdoso comenzaba a drenarse, el Rey sintió el peso de la realidad volviendo a sus pulmones. La compuerta de cristal se deslizó hacia arriba con un zumbido neumático y Vegeta tosió, expulsando el resto del suero de sus vías respiratorias mientras sus pies tocaban el suelo frío de la enfermería.
​Sus ojos aún somnolientos recorrieron la estancia con una urgencia febril. Su mente aún nublada por los restos de la inconsciencia, le jugaba malas pasadas: el rugido de la tormenta de Karkosa seguía resonando en sus oídos y el frío de la cueva parecía persistir en sus huesos.

​—Bulma... —susurró con una voz rota, una súplica que apenas alcanzó el aire.
​Estaba convencido de que aquel encuentro en el cementerio de chatarra no había sido más que una alucinación agónica, el último truco de una mente moribunda para encontrar consuelo. Cerró los ojos con fuerza esperando despertar de nuevo en la oscuridad de aquel planeta desolado, solo y quebrado.

​—Aquí estoy majestad. No te vayas a ningún lado todavía—

​El Rey abrió los ojos de golpe, sentada en una silla junto al tanque, con el rostro marcado por las ojeras de dos noches de vigilia y una taza de café humeante entre las manos, estaba Bulma. No era un fantasma, ni un recuerdo, ni una proyección de su marca de unión. Era ella real y tangible, vistiendo una bata de enfermería sobre su ropa.

​Vegeta exhaló un suspiro tembloroso, dejando que su cabeza cayera hacia atrás contra el soporte del tanque. La tensión que había mantenido su cuerpo rígido durante una semana finalmente se disolvió.
​—Pensé... que el delirio me había vencido —admitió él, extendiendo una mano todavía débil hacia ella— Que habías regresado a la Tierra y que yo... yo me había quedado en ese agujero imaginando tu voz—

​Bulma se acercó tomando la mano del Rey entre las suyas. El calor de su piel fue la prueba definitiva que Vegeta necesitaba.
​—Casi lo haces, testarudo —dijo ella con una sonrisa triste pero firme, entrelazando sus dedos con los de él— Pero te dije que no te librarías de mí tan fácilmente. He vuelto y esta vez no hay tormenta en la galaxia que vaya a alejarnos de nuevo—

​En ese momento, la unión en el pecho de Vegeta, que durante un mes había sido un pozo de frío y ausencia, latió con una calidez abrasadora.

Bulma lo dirigió con cuidado a la cama mientras le pasaba ropa cómoda sin su típica armadura o capa real.
Mientras él se vestía no hablaban, el silencio no era tenso, sino cargado de una verdad que ya no podía postergarse. Vegeta extendió su mano, buscando la de ella y la detuvo con una firmeza que no aceptaba evasivas.

Mi destino TÚ.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora