51. Cápsula espía

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La luz de un amanecer pálido se filtraba por las grietas de la cueva, dibujando vetas doradas sobre el suelo de piedra. El aire que la noche anterior pesaba por la fiebre y la tensión eléctrica, ahora se sentía extrañamente ligero, cargado de una paz que Vampa no conocía.

​Vegeta fue el primero en abrir los ojos. Hacia tanto tiempo que no dormía tan profundamente y lo primero que notó fue que la opresión en su pecho, ese martilleo constante que amenazaba con destrozar sus arterias, se había desvanecido y en su lugar, sentía una plenitud física que no experimentaba desde antes de la caída de su reino. Miró a su lado, Bulma dormía profundamente con el rostro relajado y un brazo descansando sobre el pecho de él.
Por primera vez en meses, Vegeta no sintió la urgencia de levantarse a entrenar o de planear una venganza.
Se quedó allí, observándola, el vínculo que Whis intentó explicarle y que él hizo oidos sordos no era solo una necesidad de apareamiento; era una ancla. Al unirse a ella, su Ki se había estabilizado, reconociendo a Bulma como el centro de su nuevo universo.

​Con una delicadeza que habría negado ante cualquier soldado, apartó un mechón de cabello azul de la frente de ella, no era solo su consorte; era la mujer que había soportado su locura, su orgullo y su enfermedad para traerlo de vuelta del abismo.
​—Ya no hay fiebre, mujer... —susurró para sí mismo, sintiendo por fin que su cuerpo le pertenecía de nuevo.

El murmullo de Vegeta, bajo y cargado de una satisfacción que rara vez se permitía, fue lo que finalmente sacó a Bulma de la profundidad de su sueño. Al abrir los ojos, lo primero que encontró fue el calor sólido del pecho de Vegeta bajo su mejilla.
Bulma intentó estirarse, pero un pinchazo agudo en la base de su cuello la hizo soltar un pequeño jadeo y llevarse la mano a la zona.

—Ay... —susurró ella, frunciendo el ceño mientras sus dedos rozaban la piel inflamada donde yacía la marca de vinculación que Vegeta, poseído por el instinto del celo y la necesidad de reclamarla como suya, había dejado en ella durante la noche.
Era un estigma saiyajin, una marca que declaraba ante cualquier otro macho de su raza que ella estaba bajo la protección y pertenencia del Rey.

Vegeta, al notar el gesto, no apartó la mirada. Al contrario, la observó con una intensidad posesiva, sus dedos aún enredados en el cabello azul de ella.
—Te advertí que no podrías contener a un Saiyajin en ese estado —dijo él, aunque su tono carecía de su habitual arrogancia; era casi una disculpa silenciosa—.¿Te duele mucho?—

Bulma lo miró a los ojos y vio algo que nunca antes había estado allí: una calma absoluta. La fiebre había desaparecido, la mirada errática de la enfermedad había sido reemplazada por la de un hombre que finalmente sabía quién era y qué tenía que proteger.
—Es un dolor extraño —admitió ella, dejando caer la mano y permitiendo que Vegeta volviera a acariciar su rostro. —Es como si pudiera sentir tu Ki vibrando justo debajo de mi piel. Es... como si finalmente estuviéramos en la misma frecuencia.—

Vegeta soltó un suspiro pesado, relajando sus hombros. La marca no solo era un símbolo para el exterior; biológicamente, había estabilizado el sistema de ambos. Él ya no era un volcán a punto de estallar y ella con la sangre de Bardock latiendo en sus venas, sentía una fuerza renovada que no sabía que poseía.
—Ya no habrá más secretos—sentenció Vegeta, acercándose para depositar un beso casi imperceptible sobre la marca en su cuello—. Esa cicatriz sanará, pero el vínculo es permanente. Ahora, levántate. Tenemos un hijo que no tarda en aparecer por esa puerta —

Y como si lo hubiera invocado el momento de la paz matutina se vio interrumpido por el sonido de unos pasos pequeños y rápidos. Trunks, que había estado esperando impaciente fuera del área de descanso, entró corriendo con la energía desbordante de un niño que ha pasado la noche preocupado por su padre.
​—¡Mamá! ¡Papá! —gritó el pequeño, deteniéndose justo frente a la cama improvisada.

Mi destino TÚ.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora