En una galaxia lejana un principe caprichoso heredero del Planeta Vegetasei lucha por ir en contra de su destino marcado por la luna roja quien predestina las parejas de los saiyajines.
Una humana es quien pondrá su reino de cabeza.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El banquete de coronación era una explosión de vida. Las mesas de piedra pulida crujían bajo el peso de festines que mezclaban la carne de caza de Vegita con las delicias exóticas traídas por la Patrulla Intergaláctica, Yardrat y otros embajadores invitados. Entre risas, choques de copas y el bullicio de un pueblo que finalmente respiraba en paz, la atmósfera era de una alegría casi irreal. En la mesa de honor, Vegeta y Kakaroto compartían un momento de tregua, observando a sus familias y a sus súbditos. Fue entonces cuando Milk, con las mejillas encendidas por la emoción y una sonrisa que iluminaba su rostro, se acercó al oído de su esposo. Le susurró apenas unas palabras, pero el efecto en el guerrero fue instantáneo. Kakaroto se puso en pie de un salto, derribando casi su silla por la emoción. Su risa franca y ruidosa silenció por un momento las conversaciones cercanas. —¡Escuchen todos! —gritó con esa sencillez que lo caracterizaba, pasando un brazo protector sobre los hombros de una Milk algo apenada— ¡Parece que la familia va a crecer! ¡Milk está embarazada!—
Un rugido de aprobación y felicitaciones estalló en el gran salón. Los guerreros saiyajins chocaron sus jarras, celebrando la llegada de un nuevo guerrero, mientras los embajadores brindaban por la prosperidad de los linajes que habían salvado la galaxia. Vegeta observó la escena con una mueca que intentaba parecer despectiva, pero sus ojos brillaban con una chispa de diversión. Se inclinó sutilmente hacia Bulma, aprovechando que el estruendo de los vítores cubría sus palabras y le susurró al oído con esa voz ronca y posesiva que ella conocía tan bien: —parece que Kakaroto se me ha adelantado en algo por una vez... —Hizo una pausa dejando que su aliento rozara la piel de su cuello—Pero viéndolos, me han dado ganas de tener más hijos, mujer y ten por seguro que esta misma noche empezaré a trabajar en ello—
Bulma soltó una carcajada vibrante, dándole un suave codazo en las costillas mientras sus mejillas se teñían de un rosa suave. Lo miró con picardía, encontrando en los ojos de su Rey una promesa de fuego que sabía que él cumpliría sin falta en cuanto las puertas de su habitación se cerraran.
—Vaya Rey Vegeta... parece que la corona te ha puesto muy ambicioso —respondió ella entre risas, entrelazando sus dedos con los de él bajo la mesa.
La noche continuó entre música y promesas, marcando no solo el inicio de un reinado, sino el renacimiento de una raza que tras siglos de guerra, finalmente aprendía a celebrar la vida.
Sin embargo, la atención de los hermanos fue captada por una figura que había permanecido en un rincón discreto: el anciano sabio de Yardrat, aquel que les había abierto las puertas del conocimiento espiritual cuando eran unos parias sin rumbo. Él les hizo una señal de seguirlo y los dirigió al jardín real, lejos del bullicio del banquete. Cuando estuvieron ahí el anciano envuelto en sus túnicas sencillas, se acercó a los dos guerreros con una sonrisa enigmática. Sus ojos, que siempre habían parecido pozos de sabiduría antigua, brillaron con una luz que no pertenecía a este plano. -Han llegado lejos pequeños Saiyans-dijo pero su voz ya no era rasposa ni cansada. Era una voz melódica, vibrante y llena de una elegancia divina que ambos reconocieron al instante.