El aire en el planeta Yardrat era ligero y cargado de una energía espiritual extraña, muy distinta a la atmósfera pesada y bélica de Vegita.
Vegeta caminaba por los senderos de piedra flotante, vistiendo una túnica sencilla que los habitantes locales le habían proporcionado. Aunque su ceño seguía fruncido y sus brazos cruzados dictaban su habitual arrogancia, su paso era pausado.
Por primera vez en su vida, el Rey no miraba un horizonte para conquistarlo, sino para entender cómo había sobrevivido a su propia caída. Al cruzarse con los nativos de Yardrat, Vegeta simplemente asentía con la cabeza; no había insultos ni exigencias. El silencio del Rey era su forma más pura de dar las gracias por el asilo.
Al llegar a la zona del campamento Saiyajin, un rugido de júbilo rompió la serenidad del paisaje. Nappa, que lucía varias cicatrices nuevas de la última purga en otro planeta, se puso en pie de un salto, seguido por un grupo de guerreros sobrevivientes.
—¡Majestad! —exclamó Nappa, golpeando su pecho con el puño—. ¡Sabíamos que el traidor de Paragus y el maldito de Freezer no acabarían con el Gran rey Vegeta!—
Vegeta se detuvo frente a ellos, era la primera vez que se reunía con ellos desde la purga de vegita. Los miró uno a uno: estaban heridos, cansados y exiliados, pero sus ojos aún buscaban dirección. El Rey endureció la mirada, recuperando esa chispa de mando que lo definía.
—Escuchen bien —dijo Vegeta, su voz resonando con una autoridad que no necesitaba gritos—. Freezer cree que nos ha purgado y Paragus es su títere en un trono de cenizas. Pero un Saiyajin no muere mientras su orgullo respire. Este planeta es solo un descanso. Entrenaremos, nos fortaleceremos y, cuando llegue el momento, recuperaremos lo que nos pertenece. Vegita volverá a ser nuestra y la cabeza del tirano adornará la entrada de mi nuevo palacio.—
Un grito de guerra unánime hizo eco en los valles de Yardrat. La esperanza, algo que Vegeta siempre consideró una debilidad, era ahora su arma más fuerte.
Más tarde, mientras Vegeta se alejaba del bullicio para meditar, divisó a Kakaroto cerca de una pequeña cabaña. Junto a él, un niño pequeño de unos tres años intentaba imitar las posturas de combate de su padre, aunque terminaba tropezando con su propia cola.
—Vegeta, te ves mejor —dijo Kakaroto con su eterna sonrisa despreocupada—. Hay alguien que ha estado esperando conocer al "tío gruñón" de quien tanto le he hablado.—
Vegeta se acercó, mirando al pequeño con curiosidad analítica. El niño tenía el cabello alborotado y unos ojos grandes y brillantes, pero el poder que emanaba de él, aunque dormido, era inmenso—.
—Así que este es tu hijo —murmuró Vegeta, deteniéndose frente al pequeño—.
—Se llama Gohan —presentó Kakaroto.
El niño miró a Vegeta con asombro, se llevó un dedo a la boca y luego, con una valentía que sorprendió al Rey, le estiró la mano para tocar la tela de su túnica.
—¿Tú eres el Rey de papá? —preguntó Gohan con voz dulce.
Vegeta se tensó, pero no se apartó. Miró al niño y por un instante, pensó en el hijo que Bulma llevaba en su vientre, perdido en algún lugar del espacio profundo y una extraña melancolía suavizó sus facciones por un segundo antes de recuperar su máscara de hierro.
—Soy el Rey de todos, niño —respondió, poniendo una mano pesada sobre la cabeza de Gohan, no para agredirlo, sino en un gesto de reconocimiento—. Asegúrate de entrenar duro. No permitiré que un sobrino mío sea un debilucho cuando regresemos a reclamar nuestro imperio.
La cabaña de Kakaroto era un remanso de paz que resultaba casi insultante para los sentidos de un guerrero. El olor a guiso de raíces y pan recién horneado flotaba en el aire, mezclado con el aroma de la hierba húmeda del planeta.
Vegeta permanecía de pie, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, observando una escena que le revolvía el estómago.
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Mi destino TÚ.
FanfictionEn una galaxia lejana un principe caprichoso heredero del Planeta Vegetasei lucha por ir en contra de su destino marcado por la luna roja quien predestina las parejas de los saiyajines. Una humana es quien pondrá su reino de cabeza.
